00:03. 21 de diciembre del año 2012 // En algún lugar del globo terráqueo.
La resaca para Bob era como un compañero de piso: Siempre estaba ahí para molestarle. Hacía rato que había dejado de beber, se le había acabado el whisky y el 24 horas estaba cerrado.
- Hay gente que se toma esto del fin del mundo demasiado en serio.- Pensó mientras se llenaba un vaso de agua.
Estaba en la azotea de un edificio de apartamentos para solteros. Le gustaba aquel lugar porque desde allí podía ver toda la ciudad, todas sus luces y coches circulando. Iba a ser un día interesante.
De pronto escuchó el sonido característico de la puerta que daba a la azotea. Alguien había entrado. Bob se dió la vuelta y vió a un pequeño hombre. Tenía la cara arrugada y el pelo blanco, pero no daba la impresión de ser viejo. Sus ropas eran extrañas, hechas a mano y coloridas. Sin decir nada, el hombre se sentó al lado de Bob. El velociraptor se quedó un rato mirándolo atónito, hasta que no pudo más y le preguntó:
- ¿Quién coño eres tú y qué mierdas haces aquí?
- Vigila tu lenguaje... Somos lo que pensamos, pero se nos conoce por lo que decimos.
- Oye... me duele demasiado la cabeza como para ponerse filosófico. Contéstame.
- Soy uno... Y he venido aquí a lo mismo que tu. A contemplar el paisaje.
- Pues yo vengo mucho por aquí, y nunca te había visto. ¿Por qué vienes precisamente hoy?
- Te lo he dicho, he venido a contemplar el paisaje. Mientras decía estas palabras, el hombre le pasó su pipa alargada hecha a mano. El gran olfato de Bob le dijo “lo de ahí dentro no es tabaco”, y le dió una calada. Ya no volvieron a hablar en un buen rato, pero a Bob, el pequeño hombre misterioso le empezaba a caer bien.
01:31
Ya había pasado la primera hora del día. Aquellos dos pintorescos personajes compartían una calurosa madrugada invernal, donde las risas ahumadas sólo eran acompañadas por el sonido lejano de los coches. La complicidad reinaba en aquella azotea, y algo le hacía confiar en su compañero nocturno. Efectivamente, la extraña mezcla de drogas, ayudaban a ello.
- Veo que has venido preparado -dijo el extraño anciano rompiendo la ausencia de diálogos- Esa nevera de cien litros a pilas recargables, hace indicar que esperas disfrutar del espectáculo, sin privarte de nada.
- Si quieres que comparta algo, deberías bajar a pedirle a algún vecino algún pack de cervezas bien frías.
Asumiendo que Bob tenía razón, el ya no tan joven personaje, accedió a la demanda y se dispuso a buscar entre los vecinos del edificio algún alma caritativa. Mientras, Robert daba buena cuenta de una bolsa de snacks: “patatas chip con sabor a cabritillo tierno y adorable al Oporto, con una reducción de cabeza estilo jíbaro”
- Ya no saben con que sabor sorprendernos- dijo Bob en voz alta.
Se estaba poniendo la americana hecha un asco. Así que cogió una servilleta y se dispuso a limpiarla como buenamente podía, con los recursos que tenía a su abasto: servilleta + saliva. Pero mientras obraba el milagro, algo llamó poderosamente su atención: Un pájaro en llamas cayó delante de él.
- ¡No puede ser! ¿Tan pronto, no puede esperar? ¿Todavía no ha subido con las cervezas y ya está empezando el fín del mundo?
Mientras pronunciaba estas palabras, apareció corriendo su vecina del tercero segunda. A la señora le encantaba cocinar, pero digamos que no destacaba en la materia.
- Bobby (que así le llamaba ella, cosa que le revolvía el estómago). ¿Has visto mi pollo gaseado?
- Señora Perkins, ¿Se refiere a esto? - dijo Bob cogiendo con sus garras el pájaro en llamas que había aterrizado hacía unos momentos- Creo que ha cometido un error leyendo el título de la receta. Tenía que haber hecho “Pollo glaseado” y no “Pollo gaseado”.
- ¡Respeta mi trabajo maldito dinosaurio!- y dicho esto desapareció de la escena.
A su vez, el extraño hombrecillo apareció por la puerta con varios packs de cervezas en las manos y una mochila llena de latas sueltas.
- Ahora ya estamos en paz Bob.
3:14:15
- ¿Sabes? Hay un chiste muy bueno de los Monty Python que ahora viene al pelo. ¿En qué se parece la cerveza estadounidense a hacer el amor en una barca?
- No, no lo sé Bob.
- En que las dos cosas se acercan peligrosamente al agua.
Nada más acabar de contar el chiste, al anciano (que estaba dando una calada a la pipa) le dió un ataque de tos y risa. En ese momento pensó que si moría, sería la segunda víctima mortal de los Monty Python.
- Por cierto, tu sabes mi nombre pero yo no sé el tuyo. ¿Cómo te llamas? - Preguntó Bob.
- Algunos me conocen como Don Juan, pero tu puedes llamarme solo Juan.
- Y ahora en serio. ¿Por qué has venido a emborracharte conmigo?
- Que tú estés aquí es solo una casualidad. O tal vez no, ya veremos. Y lo de emborracharme no entraba en mis planes, pero no le digo nunca no a un trago en buena compañía.
Juan era un hombre misterioso. Parecía que nunca daba una respuesta concreta a nada, pero por alguna razón, Bob confiaba en él. Después de un momento en silencio, Don Juan continuó:
- Verás, de alguna manera conozco a todas las civilizaciones antiguas. Todas sus enseñanzas. Digamos que soy su descendiente espiritual.- Hizo otra larga pausa y luego siguió hablando. -Te voy a enseñar una cosa.
Sacó una bolsa de supermercado con algo verde dentro. Cogió un trozo, se lo llevó a la boca y le ofreció a Bob. En ese momento se dio cuenta de que su nuevo amigo se había dormido.
- ¡¡¡BOOOOOOOOOOOB!!! - Gritó Juan.
- ¡¡Joder!! ¿Qué cojones te pasa?
- Toma, coge uno.
- ¡¡Hostia puta, eso es San Pedro!! Veo que sabes pasarlo bien. Vamos a flipar un rato. - Y mientras decía esta última frase, Bob se metió tres trozos de cactus en la boca.
Sobre las 6 de la madrugada
A Bob, las luces de la ciudad le parecían más brillantes que nunca. Si se paraba a escuchar el ruido de fondo del tráfico, le sonaba a murmullos en el teatro y otras a risas enlatadas. Por supuesto, él sabía que todo era efecto de lo que acababa de tomar, pero aún así, le parecía cuanto menos, curioso.
Por su parte, Don Juan no mostraba signos de nada. Seguía bebiendo de su cerveza ya caliente con la mirada perdida en aquellas vistas.
De repente, Bob vio una mosca. La siguió con la mirada hasta que la mosca se cruzó con la Luna en su campo de visión.
- La Luna... La Luna... La Luna... -Bob repetía esto como queriendo acabar la frase, pero nunca lo conseguía.
De pronto empezó a fijarse en que había una cuerda que bajaba desde ella hasta la Tierra. Se fijó un poco más y vió que en el satelite se podían distinguir las pequeñas siluetas de unos seres que estiraban de la cuerda. ¡Estaban acercando la Luna a la Tierra!
Todo esto lo contempló en silencio. Intentaba hablar, pero no podía. Quería decirle a Juan que la Luna se estaba acercando. ¡Cada vez la veía más grande!
Cada vez se acercaba más rápidamente, hasta que inesperadamente, Bob oyó un estruendo brutal. Ahora, lo que antes era el satélite natural de la Tierra, se había convertido en una cara sonriente que, rodeada de llamas, iba a colisionar con el planeta de un momento a otro.
- ¿Ves eso, Juan? - Logró decir Bob.
- Veo muchas cosa, Bob. ¿Qué es lo que ves tu?
- ¡¡¡Es Mr. Bean, el puto Mr. Bean nos va a matar!!!
Pero no los mató. Conforme se iba acercando, la cara sonriente de Mr. Bean, se tragó a Bob. Allí dentro pasó lo que luego describiría como “unas interesantes semanas de vacaciones”, pero eso forma parte de otra historia que quizás Bob nos cuente algún día.
Un rato después, salió por donde suelen salir las cosas que entran por la boca. Y allí estaba, en la azotea. Juan a su derecha. Una cerveza en la mano. La mosca revoloteando. La Luna en su sitio.
- No está nada mal... - Pensó Bob.
Las 8 en punto
Hacía ya un rato que había amanecido. Nuestra extraña pareja continuaba sentada en la azotea. Tan sólo una endeble barandilla les separaba de una caída libre de más de sesenta metros.
- Oye Juan, ¿Te has preguntado alguna vez si existe Dios?
- No lo sé, si Dios existiera, no creo que dos personajes como tú y como yo pudiéramos ser reales... Y más aún, estar juntos el día del fin del mundo compartiendo drogas, cervezas y viajes estomacales...
- ¡Qué realmente jodida y sorprendente es la vida tío! ¡Estaba pensando en preguntarte exactamente lo mismo! Es que esa pregunta me la llevo haciendo desde pequeño. Todo comenzó un día que estaba jugando con mis hermanos en el jardín de casa de mis tíos. Como era habitual jugábamos al fútbol. Yo lo odiaba, porque siempre me tocaba ser el portero, ya que nadie quería serlo. Pero ese día, en uno de los centenares de goles que encajé, fui a recoger el balón al lado del huerto que tenía mi tío. Se había quedado parado junto a una colonia de hormigas. Hasta aquí todo normal. Después de esto es cuando se complica la cosa. Allí encontré algo que hoy en día sigue dando vueltas por mi cabeza. Vi que estaban en filas extrañamente alineadas. Así que, como era un niño muy curioso, saqué la lupa que siempre llevaba encima, y me dispuse a entender el porqué de aquella alineación, la cual era la siguiente: La gran mayoría de ellas estaba en la parte inferior de una especie de montículo, encima de este se encontraban unas cuatro o cinco hormigas ataviadas con coloridos ropajes. Y para rematar el dantesco espectáculo, detrás de estas había una estatua tallada a la perfección en madera. Pero mi sorpresa no acabó ahí. ¿Sabes quién estaba representado en ese objeto de culto para las hormigas?
- Me coges algo disperso, ¿Doraemon?
- Ojala hubiese sido mi amigo el gato cósmico. ¡Era yo tío! ¡Adoraban a una jodida estatua mía!
Cuando Don Juan dijo estas palabras, Bob, sorprendido, escupió toda la cerveza (la cual se derramó sobre la permanente de una venerable anciana que caminaba por la calle) mientras caía de de espaldas de la silla.
- ¿Me estás diciendo que eres el jodido dios de una colonia de hormigas?
- Todavía no lo he entendido. Cuando vi mi cara, salí corriendo de allí. Seguidamente nuestros padres nos llamaron a cenar, porque ya estaba anocheciendo. Cuando nos mandaron a dormir, no podía conciliar el sueño. Aquel extraño rito de veneración hacia mi persona por parte de esos diminutos animales me tenía intranquilo. Así que, como la ventana de mi habitación daba a esa zona del jardín, me puse a mirar desde allí el lugar donde estaba el hormiguero. Y aquí viene lo que redondea esta historia, que por cierto nunca le he contado a nadie. Vi salir unas pequeñas luces amarillas rodeadas de otras algo más pequeñas y de color azulado. Por la forma en que se movieron, tengo que descartar que eran luciérnagas. Así que solo puedo pensar en naves espaciales. -la cara de Bob era un poema- Al final, a altas horas de la madrugada acabé durmiéndome. A la mañana siguiente bajé al huerto nada más despertarme mis padres. Cuando llegué allí, aumentó mi asombro: No quedaba ni rastro de ningún hormiguero. Tan sólo una diminuta señal que rezaba: “¡Peligro! Campo minado”. Como ya te dije, era muy curioso. Así que con un palo de un metro más o menos de longitud toqué aquel lugar. Nada más contactar con la tierra una pequeña explosión redujo aquel metro cuadrado de tierra y hierbajos a un agujero. Nadie diría que el día anterior se celebraba una extraña misa en mi honor en ese lugar.
10:01
Tras unos minutos de silencio en que Bob y Juan se quedaron absortos mirando el horizonte, la conversación comenzó a fluir de nuevo.
- Nunca había conocido a un dios del mundo de las hormigas. Sabía que eras especial desde el mismo momento en que volviste con tantas latas de cerveza. Alguien normal no saquea de esa forma a sus vecinos para darse un festín alcohólico -En ese momento Bob paró de hablar. Mientras, sacaba del bolsillo una bolsita transparente con unas divertidas caras sonrientes, le dió una a su compañero de experimentación y él puso otra sobre su lengua. Dejó que hiciera un poco de efecto y prosiguió- Algunos le llaman LSD, yo prefiero llamarle Paco. No me digas por qué. Bueno tío, respóndeme a la pregunta.
- ¡Ah, cierto! Yo creo que hay una “fuerza superior”, por llamarlo de alguna manera. Pero no el dios de castigo o de bondad. Simplemente algo que está ahí latente. Creo en gaia, en la tierra como un ente vivo. Y, a su vez, creo que interviene en nuestro futuro. No sé, es que si lo piensas, lo que me pasó con las hormigas es una metáfora de lo que ocurre con dios. Un día una hormiga iluminada, que no en llamas, eso es otro tema que ya te contaré. Bueno, que un día esa hormiga me vio, y comenzaría a hablar sobre que un dios le había hablado y le había elegido para ser su profeta en la colonia. Después unos pocos le segurían, y comenzarían la etapa del maketing: construyendo altares, ídolos de madera y hablaría con los mejores narradores de la colonia para así crear una religión que tuviese una base con la que engatusar a los crédulos. A partir de ahí, poco a poco y mediante una cultura del miedo en plan “ooooh cuidado con el gran dios, porque si no seguimos sus enseñanzas, vendrá y nos aniquilará”. Y con esto ya tienes la religión hecha.
- Joder, mira que me considero ateo. Pero me gusta tu promoción de “desmontando la religión en 10 fasciculos”
En ese momento, un haz luminoso se posó delante de ellos. Después de que ese fulgor se fuese difuminando, un extraño personaje de rasgos africanos se apareció delante de ellos.
- ¿Qué Dios no existe malditos bastardos? ¿Qué sandez es esa? Al final, gilipollas como vosotros, me vais a dejar sin trabajo. Si todo sigue así, con tanto poseedor de la verdad absoluta predicando a los cuatro vientos que Dios no existe... ¡Perderé mi plaza de funcionario en La Alianza Intergaláctica! Tengo milenios de años de antigüedad, y sólo una catástrofe verbal como esa puede dejarme en el paro. Gané a miles de millones de seres que se presentaron a las oposiciones de Dios. ¡Me lo trabajé como el que más! Así que por derecho me toca esta plaza. No hubo ningún enchufe como los terrícolas españoles están acostumbrados. Así que: ¡YO SOY DIOS! Funcionario de nivel 1.
Bob y Juan se miraron con caras de absoluto asombro.
- Tío Juan ¿Conoces a este colgado?
- No lo había visto en mi vida. Pero me gusta su verborrea. Creo que me ha convencido. Oye Dios, ¿Por qué no te coges una sillita y te sientas con nosotros a ver el fin del mundo?
- Joder colegas, es lo que estaba deseando que me dijerais.- Dijo Dios mientras abría una refrescante cerveza recién sacada de la improvisada nevera.- He traído unos canutillos por si os apetece.
Hora indefinida. Mediodía.
- ¡Dios, esta mierda es buena! - espetó Bob mientras iba sacando el humo de sus pulmones.
- Lo sé, la cultiva un amigo en La Comarca.
- ¿La famosa hierba cultivada por los hobbits? - preguntó extrañado Don Juan
- No, no. La Comarca es un club de carretera que lleva mi colega. Tiene un huerto detrás donde, además de hierba, cultiva tomates adulterados con THC.
- ¡Hey, hey! Creo que se me están soltando los brazos. ¡Sí, mirad! -Bob comenzó a dar vueltas por la azotea sin rumbo y en total éxtasis.- ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡No tengo brazooos! Sale sangre de colores. ¡Dios, tío, ayúdame!
- En el nombre de dios, os ordeno -dijo refiriéndose a las extremidades de Bob que yacían inertes sobre el suelo- que volváis al cuerpo del que os habéis desprendido... ¡O si no, pagaréis cara vuestra osadía!
En ese momento, los dos brazos cobraron vida, y comenzaron a dar saltos sobre las palmas de las manos. Aquella escena era digna de la imaginación de David Lynch tras un buen atracón de setas alucinógenas: Un hombre de baja estatura riendo a carcajadas, sentado encima de un barril hecho nevera cual toro bravo en un rodeo; Dios (o eso aseguraba que era) fumando hierba resucitando miembros amputados; un velociraptor bien vestido corriendo detrás de unos brazos que saltan y caminan con vida propia mientras va perdiendo sangre de colores.
Tras varias vueltas que bien pudieran haber completado una media maratón, Bob cayó de bruces contra el suelo, quedando inmóvil. Sus dos compañeros fueron corriendo a socorrerle. Cuando llegaron a su altura, vieron que se había abierto la cabeza, y de él salían pequeñas réplicas de Bob con una altura de unos diez centímetros. A su vez estas réplicas formaban parte de una banda musical, en la cual, cada una llevaba su instrumento, todo ello al son de “When the saints go marching in”. Así fue que los dos nuevos amigos de Bob se pusieron a chascar los dedos al compás de la música. Tal era el ritmo, que hasta el malherido dinosaurio se enganchó al dueto. Cuando acabó la canción Bob se levantó por su propio pie, mientras se envolvía la cabeza para dejar de sangrar, con una blusa que había tendida. A su vez, la banda musical se dispersó por la azotea hasta desaparecer por diferentes agujeros.
Los tres personajes se sentaron en la cornisa, con una bolsa de snacks cada uno, mientras miraban como las personas, que desde allí parecían igual de grandes que las hormigas de la historia de Juan, iban como cada día al trabajo.
15:20:24, 15:20:25, 15:20:26...
Durante esta hora murieron 2.083 personas.
Nacieron 15.840 personas.
Cayeron 360 rayos sobre la Tierra (uno casi mata a un perro)
7203 parejas se casaron.
8335 se divorciaron.
580 Gb de música fueron descargados.
La mayoría era de Justin Bieber.
Aparte de esto, no pasó mucha cosa.
Las 16:30 de la tarde. (Más o menos).
Mientras Bob estaba con el bajón, Don Juan comió un par de trozos más de San Pedro. Luego decidió que quería ser un pájaro, y se convirtió en cuervo. Voló hasta el edificio más alto que podía ver, que curiosamente tenía en el último piso un prostíbulo de lujo. Se quedó un buen rato mirando a una pareja practicando las artes kamasutrianas. De repente, quiso ser el fruto de ese polvazo, pero cuando se dio cuenta, estaba atrapado en el interior de un condón. Fue una situación un poco incomoda, pero al menos conoció a un montón de gente.
Bob se recuperó un poco. Tenía hambre, así que le dió un mordisco a Dios. Le arrancó el brazo y se lo comió en tres o cuatro segundos.
- ¡Eh tío, ese era mi puto brazo!
- ¡Buah! Sabes a gloria.
- ¿Te crees que por ser Dios, puedo hacer que me salga un brazo nuevo instantáneamente?
- No lo sé... ¿Puedes?
- Si, pero ese no es el tema -Dijo Dios, mientras le salia otro bracito, que luego fue ganando musculatura hasta ser como el anterior.- El tema es que no me has pedido permiso, ni nada. Los demás te importan una mierda, Bob.
- ¡No es verdad! Sois unos amigos cojonudos, pero me ha entrado hambre y mi instinto depredador ha surgido... Tío, vamos hasta las cejas de todo, entiéndelo.
En ese momento, se oyó un estruendo en el cielo. Una gran nave espacial estaba entrando en la atmósfera de la Tierra. Era de colores vivos: rojo, verde, amarillo... incluso se podía distinguir el logo de Fisher Price. Dios preguntó a Bob:
- ¿Has visto lo que has conseguido? Tu egoísmo ha atraído a los juguetes de la dimensión Fisher Price y ahora vamos a ser invadidos por muñecas, robots, walkie-talkies, juegos de mesa educativos y demás accesorios de plastelina.
- Bueno... podría ser peor.
- ¿¡PEOR!? ¿Crees que hay algo peor que tener que contestar durante toda tu vida a teléfonos que te dicen como suenan diferentes animales? Sinceramente Bob, si lo hay, no quiero saberlo... Y eso que soy Dios, y debo saberlo todo.
Mientras tenían esta conversación, la nave se abrió. Se abrió y pasó un rato abierta. Estaban ventilando el olor a plástico.
19:49
Cuando la nave estuvo ventilada, empezaron a abducir gente. Gente al azar... un gordo aquí, una señora y su perro allá, una adolescente descubriendo su sexualidad... De estas últimas hubo demasiadas como para pensar que era algo al azar, pero lo era.
Bob y sus amigos miraron como subia toda esta gente por el haz de luz que generaba la nave. En ese momento, Juan (que ya había vuelto de su viaje) saltó al vacío. Se metió en la trayectoria del haz de luz y empezó a subir, y mientras ascendía, gritó:
- ¡No os preocupéis, enseguida vuelvo!
Cuando Juan llegó a la nave, se sacudió el polvo del cuerpo (polvo inexistente, ya que los haces de luz son un medio de transporte totalmente aséptico) y se dispuso a investigar la nave.
Sonó un teléfono con un divertido tono de llamada:
- ¡Tituti-ti-ti, llaman al teléfono!
Ante este inevitable reclamo, Juan descolgó y se puso el auricular en la oreja.
- ¿Si?
- Hola terrícola, soy Buzz Añoluz, aunque vosotros me conoceis con el ridículo nombre de Buzz Lightyear. Una mierda de nombre, sin rima, sin gancho... Bueno, el caso es que acabas de ser abducido. ¿A qué te apetece jugar?
- No me apetece jugar. Me apetece un ron con cola.
- Lo siento, no tenemos alcohol. No tenemos nada para mayores de 18.
- ¿Qué qué? ¿Perdona? ¡Pues vaya mierda, me quiero ir de aquí YA!
- De acuerdo, adiós.
Buzz Añoluz accionó una palanca y a los pies de Juan se abrió una compuerta que le hizo caer desde Dios sabe qué altura. (Dios lo sabía, pero nunca habló de ello). En su caída, Juan pensaba : Vaya, me esperaba más resistencia a mi petición de liberación...
Pero al fin y al cabo, eran juguetes... ¿Qué podían hacer? ¿Divertirle hasta la muerte?
Casi las 10 de la noche.
De nuevo estaban los tres juntos. Sentados en sus hamacas, rodeados de decenas y decenas de latas y bolsas de snacks vacías. Sus viajes habían terminado por el momento, y el bajón comenzó a ganarles.
- ¿Cómo ha ido en la nave espacial Little John? - Dijo Bob.
- Are you talkin’ to me?
- Gran película tío, pero contéstame.
- No quiero recordarlo. Me estafaron. Déjalo ya, por favor.
Bob asintió con la cabeza y cambió de tema:
- Pues parece que han pasado un montón de cosas hoy, pero el fin del mundo no acaba de llegar...
- El mundo se acabará cuando yo diga, que para eso soy Dios. - Dijo Dios, claro está.
Nadie dijo nada más. Estaban cansados y les dolía la cabeza. Resaca. En ese momento todo empezó a temblar. Al principio suavemente, luego fue subiendo de intensidad hasta que Bob, Juan y Dios se asustaron de verdad.
Vieron como unas grietas profundas se abrían en las calles y se tragaban a la gente. Del cielo venía un estruendo que casi sin notarlo, fue creciendo. Se había hecho tan fuerte, que no podían escuchar ni sus propios pensamientos.
Bob gritó:
- ¿Aún vamos drogados? ¿Vosotros veis eso?
- ¡SÍ! - Contestaron al unísono Juan y Dios.
- ¿Sí a qué? ¿Sí a lo primero? ¿Seguimos drogados?
- ¡No, la mierda que hemos fumado, comido, esnifado, y bebido no es tan fuerte como para ESTO! - Dijo Juan, que sin duda, sabía mucho sobre drogas.
- ¿Entonces qué mierda es esta? ¡¡Yo no he autorizado esto!! Nadie me ha presentado los documentos necesarios para todo este tinglado. - Dijo Dios.
El edificio donde estaban nuestros tres protagonistas se empezó a venir abajo. Se agarraron a donde pudieron, pero fue inútil. Aquel día murió el 99.8% de la población mundial.
A las 23:59, las últimas palabras de Bob fueron:
“Curioso, cuanto menos. Ahora lo entiendo todo. La única explicación a esto és...”
¡RRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGG!
Esa música estridente, como cada mañana, volvía a anunciar la llegada de un nuevo día. De nuevo, esa máquina infernal estaba cumpliendo su función.
Me froté la cara con las manos, abrí los ojos y posé mis pies sobre el frío suelo. Cuando hube reaccionado un poco, un sin fín de imágenes comenzaron a bombardear mi cabeza. ¿Qué había soñado? Tan solo recordaba vagas escenas psicotrópicas. Entonces comencé a recordar en voz alta:
- Todo era en tercera persona. Una azotea, tres extraños personajes: un velociraptor, un hombrecillo y alguien que se hacía llamar Dios. ¿De dónde han salido toda esa imaginería?
Subí la persiana, la luz del nuevo día me cegó unos segundos. Y cuando mis pupilas se acostumbraron a la nueva iluminación, miré a mi alrededor. La habitación estaba llena de botellas de whisky vacías y envases de comida preparada. No recordaba nada del día anterior. Tan sólo partes de mi sueño. Algo aturdido me fui al baño a afeitarme y darme una buena ducha. Hoy había quedado con gente importante. Tenía que enseñarles mis ilustraciones para una edición especial del treinta aniversario de la editorial. Los jefazos iban a estar allí, me jugaba mi futuro. Mi cabeza continuaba embotada, había algo de ayer que debía recordar, pero no sabía el que.
Cuando abrí la puerta del baño me quedé petrificado. ¡Había una chica desnuda tumbada al lado del retrete.
- ¡Joder! ¿Pero que hice ayer? No se mueve ¿No me jodas que está muerta?
Me acerqué a ella para ver si tenía pulso. Recé a dioses primigenios para que así fuera.
Pasaron unos segundos eternos hasta que le encontré el pulso. Estaba viva, pero seguía sin saber quién era y que hacía desnuda en mi baño. No podía perder tiempo o llegaría tarde.
Abrí el grifo, puse un poco de agua en mis manos y la eché contra mi cara. Llené mi barba de espuma, y comencé a afeitarme mientras me decía mirándome al espejo:
- Vamos Diego, hoy es el día por el que llevas luchando mucho tiempo. Ya vendrán las respuestas.
La chica se movió de lado. Parecía que estaba en un sueño profundo. Me quedé mirándola unos segundos. Era preciosa.
Encima del lavabo había, varios vasos con hierbabuena dentro.
- ¿Mojitos con whisky? Tengo que dejar de beber...
Mientras me afeitaba, abrí el agua de la ducha para que el agua caliente comenzase a correr. El vapor de agua empezaba a envolver la habitación. Era el momento de entrar.
Cuando el primer chorro de agua cayó sobre mi, comencé a reaccionar, aunque la cabeza aún me daba vueltas. Llené la esponja con gel y froté todo mi cuerpo. No podía entretenerme, así que fui quitando todo rastro de jabón con el teléfono de la ducha.
Descorrí la cortina y salí. La chica continuaba tumbada en el suelo. Si saber por qué, le dí un beso en la mejilla y fui a vestirme. No me quedaba casi ropa limpia. Hoy era una ocasión especial, y debía ir lo más arreglado posible. Me puse la chaqueta de lana, cogí las llaves y mi sombrero, pero antes de salir dejé una nota a la chica:
“No te vayas, vuelvo en un rato. Me gustaría tener respuestas”.
La dejé sobre su ropa y me dispuse a irme. Estaba abriendo la puerta de casa cuando, de repente, oí unos pasos detrás de mi. Era la chica desnuda de mi baño.
- No te vayas Bob, no me dejes sola.
- ¿Bob? No sé que te diría ayer. Pero me llamo Diego, y llego tarde a una entrevista muy importante.
- Cariño, te llamas Bob. No tienes ninguna entrevista. Hace varios meses que no trabajas, ni haces ninguna. Llevamos ocupando esta casa desde el día que te echaron de tu último trabajo.
De nuevo extrañas imágenes bombardearon mi mente. Todo eran situaciones enrevesadas.
- ¿Bob? ¿No me llamo Diego?
- No mi amor, quítate la ropa y vayamos a la cama, tengo frío.
No pude resistirme a aquella dulce y sensual voz. Me quité la chaqueta y la seguí. Pero entonces ocurrió lo más extraño de todo. Cuando pasé por delante del espejo del pasillo, me quedé petrificado:
- ¡Yo no era humano! Era un velociraptor que vestía como un hombre... Entonces perdí todo control sobre mi cuerpo y mis piernas me llevaron hasta la cama. Destapé un poco la sábana y allí estaba ella. Cuando la vi allí tumbada, recordé su nombre y con el, toda mi vida.
- Te he echado de menos Sandra.
- Y yo a ti Bob, ahora calla y bésame. Celebremos que hemos vuelto a sobrevivir al fin del mundo.
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