sábado, 24 de diciembre de 2016

Especiales Vol. 3: Christmas Edition. O cómo hacer un capítulo, sin releerse todo.


Nochebuena de 1922. Hitler descansa en su cama después de la típica cena familiar. El pavo le había causado cierta pesadez estomacal. Algo lógico, si se piensa que esta tradición era importada de Estados Unidos y a él no le hacía ninguna gracia.

Por el resto, fue un domingo tranquilo. Adolf no era un tipo excesivamente familiar, por lo que estas fechas le hacían estar más arisco que de costumbre. Así que, para no salir a hostias con el nuevo novio de su hermana, se fue a la cama más temprano que de costumbre.

Justo antes de coger el primer sueño, un ruido lo despertó. Encendió la luz y no vio nada, pero cuando iba a apagarla de nuevo, vio algo que lo perturbó.

Un puto velociraptor. En el 1922 (no sería hasta 1924) aún no se habían descubierto los velociraptores, pero nuestro joven Adolf supo que era lo que estaba viendo porque la figura extraña dijo:

- Hola, soy un puto velociraptor.

- Y yo soy el cabrón que va a cortarte las piernas como no salgas de aquí. -Como ya hemos dicho, no estaba muy de humor esa noche, como para que un lagarto más alto que él, entrara en su casa en mitad de la noche.

- Vamoh a calmarnoh. Soy el fantasma de las Navidades pasadas... A ver: ¿Tu por qué eres tan cabrón?

- ¿Cómo que porque soy tan cabrón? ¡Odio que los extranjeros entren en mi casa!

- ¿Extranjero? Pinche tu madre hijo de la gran chingada. No... Ahora en serio enano, vas a escucharme. Tu futuro depende de lo que hagas esta noche.

Dicho esto, apareció una cortinilla de estrellas y se trasladaron mágicamente a otro lugar. Uno en al que Adolf conocía muy bien: el colegio de su infancia. Empezaron a caminar por los pasillos, pero parecía que nadie les podía ver. Entonces, el velociraptor dijo:

- Esta es tu infancia. Te he traído aquí para intentar averiguar por qué eres tan hijo de puta.

- ¿Yo? Si soy lo mejor que le ha pasado al mundo desde el chocolate con churros. Porque sea sincero y diga que odio a los inferiores judíos, negros, homosexuales, comunistas, asiáticos, altos, deformes, indios, saltamontes, melocotones, pies de gallina, cerdos vietnamitas, velociraptores...

- ¡Eh! Relaja, que soy el primero que ves.

- Sí, y ya quiero erradicar a tu especie.

- Uf... Esto llevará trabajo...

De repente. Ambos se dieron cuenta de que sus compañeros de colegio se estaban riendo de él. Bueno, del Hitler de 7 años. Le gritaban todo tipo de cosas: que si era un puto enano; que si era gayer; que si era un comeflores; que si era rubio tintado o llevaba lentillas de colores; hasta un perro negro que pasaba por ahí le empezó a ladrar y le mordió en una pierna.

- Vaya.... -Dijo Bob- Seguro que esto es la raíz de muchos de tus traumas...

- ¡Cállate, hijo de puta! - Dijo Adolf entre lágrimas. - ¡Esos malnacidos pagarán por lo que me hicieron! ¡Y puto polaco judío! Siempre me quitaba el dinero.

- ¿Por qué te llamaban gayer?

- Por mi carita linda. He intentado dejarme una barba como la de Stalin para tener un aspecto más macho, pero solo me sale este puto bigote de mierda. ¡Putos comunistas!

Perro negro le muerde, polaco judío le quita el dinero, no le sale el bigote como un comunista... Robert comenzaba a entender muchas cosas...

- Bueno, ya está bien. ¿Para que mierdas me has traído aquí? ¿Quieres acabar de joderme el día?

Cuando acabó de decir esto, volvió a estar otra vez en su cama, como si nada hubiera pasado. Pero una lágrima caía por su mejilla, mientras apretaba su puño derecho. Levantó la mano y con la punta de los dedos, apagó la luz.

Unos minutos después, volvió a oír el mismo ruido y volvió a encender la luz. Otra vez vislumbró a la misma figura, pero esta vez parecía diferente.

- Hey, que... soy el fantasma de las Navidades presentes, y tal...

- ¿Pero tu no eres el mismo cabrón de antes?

- Sí, pero ahora voy de otro rollo. ¿Ya sabes por qué eres tan hijo de puta en la actualidad?

- Te he dicho que no soy hijo de puta, solo quiero que tengan su merecido todos los que me jodieron alguna vez. TODOS.

- ¿Y crees que merece la pena?

- Claro. Ya verás lo que me voy a reir cuando los vea a todos muertos y apilados. Y tengo un plan. Si sale bien... ¡Muahahaha!

- ...Hijo de puta...

- Un momento. Tú tienes cara de saber algo... - Dijo Hitler mientras se acercaba al hueco entre el armario y la pared.

- Sé que como sigas así, el mundo irá a peor. Pero sobretodo TÚ. He venido aquí para hacerte entrar en razón.

De repente, vació todo el cargador de su pistola sobre Robert V. al grito de “Muere lagarto de mierda”. Las balas atravesaron al velociraptor. Sorprendido, Adolf dijo:

- ¿Por qué cojones no estás en el suelo como un colador?

- Te dije que era el fantasma de las navidades presentes.

- Joder... Creía que lo de fantasma venía de las batallitas falsas de ligues que debes contar a tus amigos.

- Me estás dando ganas de dejarte a ti como un puto fantasma, enano de mierda - Robert se dio cuenta de que eso no ayudaba al propósito por el que estaba allí, sino que estaba encolerizándole más. Así pues, intentó aplacar los ánimos del joven teutón- Vale perdona. No quise decir eso. He venido a ayudarte. Así que déjame trabajar.

- ¿Ayudarme? ¿Acaso tienes una máquina de falsificar votos?.

- Adolf, tienes que darte de baja del partido. Tu futuro será mejor si pruebas suerte con otro trabajo. ¿Has probado a pintar?

- Si, pero me echaron de la escuela de artes. Esos artistas maricones... para ellos también tengo cosas pensadas.

- Vaya... em... esto... ¿Y en la empresa del gas? De camino hacia aquí he visto que buscaban a gente.

- Mmmm... Gas.... ¡Buena idea!

- ¡Claro que sí, guapi! Allí seguro que te tratan bien.

- No, capullo... mi idea va por otro sitio... ¡Muahahaha!

- Vale... Joder... vaya cagada. Bob, céntrate.

Y desapareció de la vista de Adolf, que volvió a apagar la luz y intentar dormir. A las 5 de la mañana, se despertó con unas ganas de mear más fuertes que la riada de Tous de 1982, pero de esto él no sabía nada. Se levantó y, cuando encendió la luz del cuarto de baño, vió al puto velociraptor sentado en su taza del váter.

- ¡AAAAAH! ¿QUÉ COJONES HACES AQUÍ, PUTO LAGARTO?

- Hostia, joder... Que me ha dado un apretón y, antes de aparecer otra vez, tenía que “enviar un fax”.

- ¿Que coño es un fax? - Preguntó Adolf mientras meaba en la pila.

- Da igual... A ver, que soy el fantasma de las Navidades futuras y...

- ¿Qué coño vas a ser el puto fantasma de nada? ¡Eres el puto mismo lagarto de antes! - Dijo Hitler visiblemente enfadado. Note el lector que Hitler hablaba alemán y ya suena bastante enfadado.

- Si, a ver... te voy a llevar a ver tu futuro.

Y diciendo esto, se transportaron a otro lugar. Robert ya había acabado de cagar, pero Hitler tenía aún el pequeño miembro entre manos, lo cual habría sido bastante humillante, ya que aparecieron en el bunker donde Adolf pasó sus últimos días.

- ¿Ese soy yo? Joder... No me digas que de tan mayor, todavía no me ha crecido bien el puto bigote...

- Deja los pelillos de tu labio superior ahora. En este momento, tu yo futuro se encuentra en una encrucijada después de cientos de barbaries cometidas.

- ¿Barbaries? ¿Yo? ¿Por qué? ¿He hecho que despidan de sus trabajos a los que me jodieron la infancia?

- Bueno, tecnicamente... Pero no. Mira - Dijo Robert mientras le sacaba una tablet con una retahíla de videos de todas las atrocidades que iba a cometer.

Hitler miraba atónito cada uno de los fotogramas que bombardeaban (nos tomamos la licencia de utilizar este misil, digo simil) su mente en ese momento. Ni tan siquiera se había percatado de donde estaban proyectándose esas imágenes. Para ese época aquello sólo podría ser obra de satanás. Parecía que estaban afectándole, desgarrando su pequeño corazoncito alemán.

- ¿En serio? ¿Yo soy el causante de todo eso?

- Sí, y de mucho más... Pero no tenía más espacio, y pasaba de borrar todo el porno. Conforme fuiste ganando poder, tus actos eran cada vez más crueles. Pero todo lo bueno y lo malo tiene un final. Menos el puto Cuéntame que parece que no acaba nunca. En el momento en el que estamos, estás en un bunker. Tus enemigos están sitiando a tu ejército en cada lugar. Te sientes acorralado y... - ¡BOOM! Un fuerte sonido interrumpió a Bob.

- ¿Qué cojones...?

- Vaya, bueno... pues ya está. Te has pegado un tiro.

- Pero si tenía el mundo a mis pies. ¿Qué ha salido mal?

- Adolfito mio... Es lo que te intento decir. Las cosas no funcionan siempre como queremos y aunque pienses que lo estás haciendo bien, eres el puto mal, cabrón. Espero que esta lección te haya servido para cambiar tu vida radicalmente a partir de hoy.

- ¡Jajajaja! Pringao, ¿Estamos locos? Ahora me has enseñado lo que tengo que hacer y lo que NO tengo que hacer. ¡A la próxima mejoraré mi plan y no habrá ni Dios que me detenga! Muaahahaha.

- Pffffffffffffff... Joder...

Mientras Robert maldecía, Hitler volvió a su cama. Esa noche no pudo dormir porque lo que acababa de ver lo había excitado más que una raya de cocaína en las nalgas de Eva Braun.

Robert V. por su parte, volvió a viajar al pasado (¡el cómo no os importa, que lo queréis saber todo!) para repetir su intento de cambiar la historia. Huelga decir que el futuro producido por estos hechos fue altamente catrastrófico para el mundo. Años, lustros, decenios, siglos de guerras interminables bajo el yugo de la tiranía nazi.

2º Intento:

Esta vez cuando viajaron al pasado, el perro que le ladraba y mordisqueaba le arrancó un dedo y todo el mundo empezó a llamarlo “Alfred Nuevededos”. Las malas lenguas dicen que inspiró a Tolkien para escribir el personaje de Frodo. Bajito y con nueve dedos.

  • Vamos mal. Lo volveré a intentar otra vez... - Dijo Bob.

3º Intento:

En esta ocasión Bob apareció, por error, en el baño de la hermana de Adolf. Estaba desnuda, a punto de ducharse. Esa escena le hizo enamorarse de ella y, tras varios conjuros a cargo de una vidente local a domicilio, se hizo corpóreo. El velocirraptor y la joven se enamoraron. Como nadie les comprendía, emigraron a las Bahamas. Hitler, encolerizado al ver que un dinosaurio se beneficiaba a su hermana, aumentó su odio hacia el mundo. Sus masacres fueron aún más violentas y frecuentes. Los jefes de Robert, más poderosos que cualquier vidente local a domicilio, lo devolvieron a su estado fantasmal y volvió a su rutinario trabajo de oficina.

Dicen que Paula, derrumbada por el dolor de la pérdida, cercenó su cuello con la garra de un velociraptor que robó en un museo.

4º Intento:
Estando en el bunker, las cosas se desmadraron. Por alguna razón fueron a parar a una habitación contigua donde vieron a Eva Braun darse el lote con un soldado anónimo. Darse el lote es eufemismo, para decir que se estaban follando como si fueran dos putos mamuts adictos al sexo. A Hitler esto le sentó regular. Su misoginia aumento hasta el límite de cambiar su plan.

Exterminó a todas las mujeres de la tierra y en pocos años la raza humana desapareció. Decimos raza humana porque los varones humanos comenzaron a aparearse con koalas. Era la única forma de evitar la extinción de ambas razas. Había nacido la raza de los Komanos. (Estos tendrán una saga aparte cuando finalicen las andanzas de Bob)

5º Intento:

Había una vez... Un circo, que alegraba el tiempo sin pasar. Bob apareció en la carpa de un circo bastante bizarro. Se había equivocado del todo.

6º Intento:

En este intentó todo iba perfecto... Hasta que, por error, pisó una cucaracha. Robert creía que no había sido nada, pero aquello desencadenó una serie de fatalidades que desembocaron, años después, en un apocalipsis de lesbianas zombies (la película ya existe).

7º Intento

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Bob apareció en mitad de un sketch de los Monty Python.

8º Intento

Esta vez todo parecía ir sobre ruedas. Adolf se había calmado y parecía mucho más dócil. Tanto que entró a un convento a practicar la vida monástica pero, como todos saben, allí la vida es muy aburrida, así que acabó saliendo de allí y fundando una secta satánica. La cual, con los años acabó exterminando a toda la población de gallinas, ya que las utilizaban en masa en sus rituales donde les arrancaban la cabeza de un bocado y luego se las follaban. Como consecuencia a esto, las gallinas y los gallos se extinguieron y el Kentucky Fried Chicken nunca existió, cosa que no gustó NADA a Bob.

9º Intento

Robert, cansado de fallar intento tras intento, decidió pedir ayuda a alguien que sabía que no le iba a fallar… EL JODIDO NIÑO JESÚS… Y más en esas fechas tan cercanas a su “nacimiento”. Tras búsquedas infructuosas, acabó encontrándolo en una vieja taberna del sur alemán. Allí, ebrio a más no poder, y rodeado de sus colegas más íntimos (un duendecillo irlandés, un hombre-lobo, un jamón de jabugo venido a menos, y un colibrí petirrojo).

- Tómate algo Bob. Invita jabuguín, que está triste y quiere que ahoguemos penas en jagger y birra.

- No puedo tío, estoy de servicio. Necesito tu ayuda.

- ¿Qué quieres esta vez?

- Estoy intentando hacer que Adolf Hitler sea bueno, y por tanto, no haga las barbaridades que acabó haciendo.

- Buah, paso. Tengo a la iglesia encima desde que vendí la cruz para comprar jaco. Suerte con lo tuyo, pero no puedo esta vez. Sabes que lloraría y me rompería las costillas por ti… Pero necesito un poco de calma en mi vida para arreglarlo.

Robert, algo triste, volvió por donde había venido… Pensó en visitar al niño Jesús en una época futura, en la que ya no tuviese problemas… Pero se le estaba agotando el bono de viajes/apariciones y tenía que utilizarlo con un último intento de 100% de efectividad.

10º Intento

Esta vez tenía que conseguirlo. Última aparición que podía realizar con el bono, ya solo le quedaba para volver a casa. El futuro y el pan de sus hijos dependía de ello (Sí, tenía hijos, pero eso ya lo dejamos para otro especial. Qué lo queréis todo mascadito y no pensar nada. El trabajo de escritores está jodido. Tenemos que comer nosotros también hostia... Eh no me mires así! Paraaaaaaaa! Te rompo eh! Se va a ver un follón que no sabe ni ande se ha metido! Cuando encuentres una cabeza de caballo mañana al despertar, acuérdate de mí, imbécil).

Volvió por los pasos del primer intento. Poniendo total atención a cada palabra que decía o cada gesto que realizaba. Pero otra vez el final parecía el mismo. En ese momento, cuando Adolf se jactaba de que Bob le había ayudado a mejorar su plan, ocurrió algo que cambiaría el futuro: De la cartera de Bob se cayó una foto, Adolf vio como caía y la recogió del suelo. La miró con detenimiento mientras su rostro se tornaba a una dulce expresión de ternura.

- ¿Son tus hijas?

- Sí, ahí tenían 4 y 8 años. Con ellas están mis dos perros, Jolgorio y Michaeljotafox.

- Se parecen a ti. Qué bonita imagen. Joder, te va a parecer una tontería... Pero creo que esta foto me ha hecho cambiar la forma de pensar. No llevo un buen camino en ese futuro que me estás mostrando -Robert no podía disimular la sonrisa- Creo que hago demasiado mal al mundo...

- ¿Entonces dejas la política?

- No. Amo la política. Pero mis planes solo se centrarán con los judíos ricos que cojean de la pierna izquierda...

Robert se mostró pensativo unos segundos y dijo:

- Bueno... No está mal. Más no puedo hacer...

Entonces, poco a poco, la imagen del velociraptor comenzó a disiparse. Así es como Robert V. pasó aquella Nochebuena.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Capítulo 11


Ojalá la rubia que le estaba metiendo la lengua hasta el hígado hubiese sido real, pero era Cassidy McKinley Junior. Cass, como llamaba cariñosamente a su perro. Despertarse a lametazos era algo a lo que estaba acostumbrado, pero hacerlo en un lugar completamente desconocido era algo nuevo para Leon. Sin estar borracho, claro.

El universo es un lugar absurdo. Algunos buscan el sentido a su existencia. Hay planetas de lo más extraño, poblados con seres curiosos que cuando comienzan a tener un mínimo de inteligencia, se empiezan a hacer las mismas preguntas; ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Hemos llegado ya? ¿Falta mucho?. Pero los perros no. Hay un planeta poblado sólo con perros y es el lugar más feliz del mundo. (Este es un hecho constatado por la Asociación Universal de Notarios Absurdos). La ignorancia es la felicidad, y Cass lo sabía. LO SABÍA. Pero era un temerario.

Cuando Cass apenas era un cachorrillo, cogió su maleta llena de sueños y se puso a viajar por los planetas en busca de nuevas aventuras. Es evidente que él no tenía como destino final [lease que no es un guiño a la película, así que abogados de Hollywood absténganse de denunciarnos] la Tierra. Pero cuando se iba a comprar un billete, tuvo que decidir entre un destino más agradable y quedarse con hambre, o comprarse unas barritas de chocolate de la marca “Perro Ladrador, Poco Mordedor”, que sin duda, esas eran sus favoritas. Así que después de la inversión en vicio goloso, tan sólo tenía dinero para comprarlo dirección la Tierra. Todo lo que le pasó hasta acabar con el señor Finch daría para una trilogía a parte... Pero de momento, lo dejaremos en incógnita. [Por la compra de tres unidades del libro de Robert V. pueden adquirir la trilogía de Cass gratuitamente en su hogar]

Por otra parte, Leon Finch era un otorrinolaringólogo de 37 años que una buena madrugada, mientras paseaba a su perro por el parque, cayó inconsciente y despertando rodeado de un montón de gente que no tenían la menor idea de donde estaban.

Poseía una cuenta en el banco que muchos la quisieran, ya que era funcionario desde hacía doce años. Pero todo lo bueno tiene su parte mala, y es que el estrés de su trabajo no le dejaba dormir como a las personas normales. Por causa de las continuas variaciones de temperatura de la zona, sus habitantes padecían frecuentes molestias auriculares y eso, sumado a la escasez de personal sanitario debido a los últimos recortes, hacía que su jornada laboral muchos días pudiese ser calificada de inhumana y abusiva. Hasta que un día, desesperado por esa rutina anormal, acogió en su hogar a un perro para que le acompañara en su nocturna soledad. 

Cerca de su casa había una gran zona verde. Lo de “zona verde” era un decir, porque el motivo de esas molestias, era también la causa de que la vegetación fuera casi inexistente. A grandes rasgos estaba conformada por una extensa área de césped color paja en la que, ocasionalmente, se encontraba algún árbol esquelético y deforme que se resistía a caer en el olvido. Pero esto era lo más parecido a un parque al que podía llevar a Cass. Al fin y al cabo los dos conseguían lo que querían. Leon se relajaba caminando sobre el manto amarillento y su nuevo amigo tenía vastas extensiones para correr, jugar, defecar, intimar con otras hembras...

La verdad es que el lugar no invitaba a recorrerlo, y menos a esas horas intempestivas. Su madre siempre le insistía en que no fuera por allí. Él siempre le contestaba: “Sí madre, ¿Qué nos va a pasar? ¿Nos abducirán los extraterrestres? O mejor aún, seguro que nos viene un exhibicionista con su gabardina gris a enseñarnos sus calzoncillos de ositos...”

Quién lo iba a decir… Ahora echaba de menos esos amarillentos retazos de naturaleza. En el sitio donde se encontraba solo podía ver metal. Suelo metálico. Paredes metálicas. Techo metálico. Incluso la voz de toda aquella gente tenía una resonancia metálica.

Había gente por todos lados. Esa era otra de las cosas que odiaba de su trabajo: la gente. Cuando decidió hacerse médico pensó que estaría bien pasar el día con cadáveres que no tienen nada que decir, pero la realidad era bien distinta… ¿Quién podría haberse imaginado que iba a tener que tratar con gente viva? Luego decidió escoger la especialidad de otorrino porque le sorprendía que la gente usara tanto la boca, hablando sin decir nada, y tan poco los oídos. Ya nadie se paraba ni tan solo a escucharse a sí mismos. Efectivamente, la mayoría de gente tenía jodidos los oídos, pero también la boca, los ojos, y sobretodo el cerebro. En los tiempos que corrían quedaba poca gente sana del todo.

Así que allí estaba él, encerrado en un sitio bastante desagradable con un montón de gente insana. Al menos Cass estaba con él. De repente un pensamiento le vino a la mente ¿Al final cagó el perro antes de que les secuestraran? Porque si no, se avecinaba una buena. Con tanta gente encerrada allí sin ventilación ni ningún otro sitio al que ir, el dulce aroma a defecación perruna era lo último que necesitaba.

En ese momento sonó una alarma y se abrieron unas trampillas en el techo. La estancia era diáfana y muy grande. Debieron abrirse unas mil compuertas por las que empezó a caer comida. Desde cosas básicas como tarrinas de arroz ya cocinado, frutas o verduras, hasta caramelos en forma de bastones blancos con una línea en espiral roja, cupcakes de colores llamativos o -lo más inquietante- sandías. Sí, caían sandías del techo. Todo aquello dio lugar a una multitud de situaciones cómicas que le hicieron olvidar por unos segundos donde se encontraba: un niño corría perdido con una gran sandía encajada en su cabeza; un señor de rasgos orientales cogía los granos de arroz al vuelo con sus palillos; Cass parecía sacado de la final del mundial de gimnasia rítmica luchando por las mejores piezas de comida...

Después de llenar el estómago se abrió ante él un agujero redondo en el suelo. Leon no sabía si era muy negro o simplemente no se veía el final, pero se imaginó el propósito de este y cuando no tuvo más remedio, soltó su carga allí, rodeado de miles de extraños haciendo lo mismo. Pensó que había muerto y estaba en el infierno.

Una vez satisfechas sus necesidades básicas, empezó a preguntarse las cosas más obvias. ¿Dónde estaba y cómo coño había llegado hasta ahí? Pero parecía que nadie de los allí presentes iba a saber como responderle.

Fue pasando el tiempo, y cada persona iba soportándolo de maneras diferentes: los había que simplemente caían presa del sueño; otros hacían círculos de autoayuda (en este grupo sabía que no iba a participar); algunos daban rienda suelta a sus pasiones más primitivas llenando de olor a sexo la estancia; gente que no había parado de comer desde que empezaron a caer alimentos; y por último estaban los que como Leon, dejaban pasar las horas evadiéndose del entorno en silencio. Al final cayó presa del sueño.

Una algarabía le despertó. Cuando consiguió reaccionar se dio cuenta que unos brazos mecánicos estaban poniendo en fila a la gente. Recordó aquellos documentales de la Segunda Guerra Mundial. Y esas alineaciones nunca llevaban a nada bueno.

Descubrió a donde llevaba esa fila cuando él mismo llegó al final. Lo hicieron entrar en una estancia mucho mejor iluminada y más pequeña. En aquella habitación sólo había una pantalla en la que se podía leer “Siga las instrucciones. Pulse ‘Siguiente’ ”. Leon hizo lo correspondiente. Sólo cuando acabó y estuvo fuera de aquel sitio, se dió cuenta de que le habían hecho un test de inteligencia.

En los sucesivos días los test continuaron. Exigentes pruebas de psicomotricidad; diversas evaluaciones de sus conocimientos generales, en los que se incluía de todo: historia local, nacional y mundial, matemáticas desde sumas y restas hasta el logaritmo neperiano de la constante filarmónica de la orquesta Berlinesa;… Pero un día, al salir de uno de los test, se dio cuenta de que Cass no estaba. Se alarmó un poco, puesto que se podía ver el lugar entero de un solo vistazo. No era la primera vez que Cass corría a los brazos de cualquier extraño que reclamaba su atención, ya fuese mediante algún producto alimenticio o simplemente una buena sesión de caricias, así que se puso en su búsqueda.

Lo encontró fácilmente entre la gente. Mientras lo acariciaba se dio cuenta de un detalle importante. Había muchas menos personas que al principio de su secuestro. Habló con algunas de las que no le habían llegado a caer mal del todo por el simple hecho de existir, y juntos llegaron a una conclusión: Estaban eliminando a los menos aptos. Por una parte se alegró, puesto que le estaban reconociendo como alguien por encima de la media. Pero un escalofrío le recorrió el cuerpo pensando en el motivo final de esa selección y que quizás él no iba a ser el último.

Un día, al salir de uno de los test de rutina, se percató de un pequeño espacio que había entre la puerta y el pasillo de salida. Sin pensarselo dos veces, se arrodillo y, apretándose todo lo que pudo, se coló por un lo que parecía ser el conducto de ventilación, el cual terminaba en un pasillo donde que nunca había estado. Asomando sólo un ojo, vio a dos tipos corpulentos vestidos de uniforme y armados. La luz era bastante tenue pero logró advertir algo extraño en sus caras. De pronto, uno de los dos tipos armados le hizo un gesto al otro y se marcharon hacia el fondo del pasillo. Entonces Leon pudo salir y asomarse a una especie de ojo de buey que había en la pared. Lo que vio cortó su respiración.

En el hilo musical -si, había hilo musical. Quienes fueran sus captores, tenían gusto por la música.- empezó a sonar la que seguramente era la canción más adecuada para ese momento.

"Cloudless every day you fall upon my waking eyes
Inviting and inciting me to rise
And through the window in the wall
Come streaming in on sunlight wings
A million bright ambassadors of morning"

Vió oscuridad. Oscuridad moteada por brillantes estrellas, pero lo que más le impactó fue otra cosa, y es que entre todas ellas vió la Tierra. Su propio planeta, pero como nunca antes lo había visto, desde cientos -quizás miles- de kilómetros en el espacio. De pronto Leon se sintió pequeño, tuvo ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Sabía que era un privilegiado por poder ver aquel paisaje. Como todo ser humana siempre había deseado estar en el espacio. Pero a su vez sus ánimos cayeron a sus pies, puesto que su futuro no parecía nada halagüeño.

Ensimismado en aquel paisaje, no se percató de lo peor de la escena. Decenas de cuerpos flotaban sin dirección alguna por el espacio. Cuerpos sin vida. Pero el momento más triste fue cuando, por las ropas, le pareció distinguir al anciano que solía acercarse a acariciar a Cass todos los días. Entonces Leon lloró.

lunes, 17 de junio de 2013

Capítulo 10


Alarmas. Hora de despertar.

Guy llevaba un buen rato sentado en la cama cuando Sarah despertó. El insomnio siempre fue una constante en su vida.

Se quedaron un rato mirándose sin decir nada, hasta que alguien golpeó la puerta de la habitación.

- ¡Eh, chicos, tenemos reunión en 15 minutos!

Las palabras de Kristian les sacaron del trance y comenzaron a vestirse. Guy preguntó:

- ¿Qué vamos a hacer ahora?

- Tenemos que encontrar a mi hermano.- dijo Sarah mientras la tristeza embargaba su rostro.

Aunque Guy no se refería a eso, asintió con la cabeza mientras luchaba contra sus pantalones. Cuando logró meterse en ellos, pensó en lo que acababa de escuchar.

- ¿Tu hermano? ¿Qué pasa con tu hermano?

- Después de espiar a los jehovanos, intenté volver a por él, pero ví que habían dos gorilas en la puerta. Caí presa del miedo al pensar que me vieron mientras les espiaba, así que tuve que salir corriendo con la esperanza de poder volver a por él en otro momento.

- No te preocupes. Primero veamos qué planes tienen Kristian y compañía, y después decidiremos qué camino seguir. Pero antes debemos llenar nuestros estómagos para pensar con más claridad.

Al llegar a la cocina para desayunar, vieron que la mayoría de sus nuevos compañeros ya estaban allí. Todos estaban alrededor de la mesa, a excepción de Karla que estaba en el panel de control.

- Buenos días tortolitos -Dijo Kristian- Servíos un café... todos lo vamos a necesitar.

Karla estaba echando la segunda cucharada de azúcar en el café, cuando cayó sobre este una pequeña cantidad de arenilla. Levantó la mirada hacia el techo.

- ¡Hostia pu... -y estas fueron sus últimas palabras. Una mole con ojos cayó sobre ella, formando un amasijo de hierros y materia orgánica, enlazando cables y huesos con lo que quedó del panel de control. Ninguno de ellos había visto nunca nada así. Parecía un gusano esculpido en piedra y era más grande que un autobús escolar (de los amarillos, claro está), pero más pequeño que un cachalote en edad adulta. De lo que parecía ser su cabeza, salían seis tentáculos que acababan en una especie de ojos brillantes, como tubos de neón verde.

- ¿Cómo han podido llegar hasta aquí sin que sonara ninguna alarma? -gritó Szö desconcertado.

Antes de que nadie pudiera contestarle, del mismo agujero que el gusano, comenzaron a aparecer decenas de extrañas criaturas armadas.

Kristian, haciendo un gesto para que todos lo siguieran, se dirigió al baño. Allí, dentro de la cisterna del w.c. tenía el dispositivo de emergencia para escapar de allí en caso de ataque. Activó el interruptor de la luz del espejo mientras tiraba de la cadena. Seguidamente, donde debía estar la taza del water, se abrió una trampilla. Kristian bajó el primero, seguido de sus compañeros, pero cuando se disponía a cerrar la salida, se coló una última ráfaga de balas que alcanzaron a Fethawi y Namir que iban los últimos. Debían ser balas explosivas porque sus vísceras quedaron repartidas por todo el pasaje.

Sin tiempo para asimilar todo lo que había sucedido, los cuatro supervivientes al ataque emprendieron la marcha. Kristian había pensado en todo al diseñar esta vía de escape, puesto que cada vez que recorrían cinco metros, las paredes se derrumbaban detrás de ellos, acabando con toda posibilidad de ser perseguidos. 

Pero nunca podía imaginar que aquella especie de gusano sería lo que los perseguiría. Parecía que nada podía detenerlo. El sonido, como de una taladradora gigante, se escuchaba cada vez más cerca.

Tras unos minutos de vertiginosa carrera por estrechos pasadizos, llegaron a una cueva donde les esperaba una barcaza. Aquel lago parecía ser el inicio de un río subterráneo, que les conduciría al final de la salida de emergencia.

*** NOTA DE LOS CIENTÍFICOS Y PSICÓLOGOS DEL FUTURO ***

Todo monstruo tiene su némesis. Y el agua parecía ser el de este terrible gusano. Probablemente algún trauma infantil acababa de salvar a Guy y sus amigos. Quizá un hermano mayor del gusano murió ahogado, cuando él apenas era una lombriz o quizá le contaban historias sobre extrañas criaturas que moraban en las profundidades de los lagos. No intenten entenderlo, la psique de los gusanos gigantes excavadores es muy complicada. Ni tan siquiera la supervisión del anciano del pueblo, para ayudarles a la comprensión del problema que aquí nos atañe, les serviría de algo.

Decenas de años después, en la trigésimo quinta convención de psicólogos con seis dedos en cada mano, se llegó a la conclusión de que los gusanos gigantes excavadores (Gugi’s en la jerga científica de andar por casa) eran una de las razas del universo con el espectro de sentimientos más complejo de cuantas eran conocidas. Cada uno de sus seis ojos podía llegar a segregar lágrimas por sentimientos diferentes. No solo esto, sino que podían generar combinaciones de estos según los ojos que le llorasen. Pero esto llegaba más allá. Si estaban acompañados por otros gigi's mientras lloraban, mediante el contacto de sus lágrimas podían llegar a transmitir ese mismo sentimiento a otros de su especie. Esto llegaba a desencadenar depresiones virales o euforias compartidas. Aquello era un jodido hervidero de sentimientos. 

A su vez, se podía saber cuán triste o feliz había sido la vida de un gusano gigante excavador, por las estrías y hendiduras de su pétreo cuerpo. Allí estaba reflejado todo, algo así como los círculos en los troncos de los árboles.

*** FIN DE LA NOTA ***

Diez minutos recorriendo aquel río subterráneo, desembocaron en la parte inferior de una cascada, tras la cual la calidez del mundo exterior volvió a acariciar sus rostros. 

Sus pupilas todavía se estaban acostumbrando a la luz, cuando se vieron rodeados de los secuaces de Liam. Decenas de metralletas les apuntaban. La barcaza, muy lentamente, quedó atrancada en la orilla. Les obligaron a bajar con las manos en la nuca. 
Cuando todos hubieron bajado, les cubrieron la cabeza con capuchones negros. No quería que vieran a donde se los llevaban.

El tiempo fue pasando sin que les hicieran caminar hacia ningún lugar. Hasta que Guy, mosqueado, pregunto:

- ¿Vas a hacer algo con nosotros o nos quedaremos aquí para siempre?

No obtuvo ninguna respuesta.

Pasados unos segundos, notó como si se soltaran las bridas que habían puesto en sus muñecas. Guy se quitó el capuchón y contempló la macabra escena: tan sólo quedaban las armas y huesos de los que hacía unos momentos les habían capturado. 

- Parece que Bob nos ha vuelto a salvar -dijo Guy a Sarah en voz baja mientras le quitaba el capuchón. 

Los últimos cuatro componentes del equipo emprendieron la marcha con el nuevo armamento que acababan de obtener por “gentileza” de sus enemigos. 

Desde allí tenían una vista de toda la ciudad. Pero algo no encajaba. Todo ese paisaje respiraba normalidad. Como cada día, las calles estaban llenas de gente, el centro (la parte donde residía la alta sociedad) colapsado por una marabunta de coches y el brillo de miles de neones mostrando cuál era la capital del consumismo. 

- No puede ser, algo falla aquí. ¿Dónde está el paisaje que vimos por las cámaras? -dijo Kristian.

Szö, como si acabara de ser partícipe de una revelación divina, dijo a sus compañeros:

- ¡Claro, tiene que ser eso! Hace unos meses, un gran amigo de la universidad, me comentó que estaba trabajando en un megaproyecto secreto para crear hologramas de grandes dimensiones. Decía que lo estaba construyendo el gobierno, para momentos en los que debía aparentar normalidad al resto de la población local, o del mundo. Ya fuera en manifestaciones contra el mismo o en accidentes ocasionados por negligencias políticas. En ningún momento lo hablé con nadie, por respeto a él, pero creo que lo que me dijo encaja con lo que puede estar pasando.

- ¿Quieres decir que el gobierno tiene algo que ver con todo lo que está pasando? ¿Y esos jodidos bichos que nos perseguían estaban a sus órdenes? Creo que esto tiene unas dimensiones mayores de lo que creíamos. -dijo Guy mientras tragaba saliva pensando en todo lo que había pasado y peor aún, en todo lo que estaba por llegar.

En ese momento notaron una gran vibración bajo sus pies. Una pequeña grieta se abrió entre ellos, y de allí salió un potente alarido como de ultratumba.

- ¡Joder! ¿Qué ha sido eso? Decidme que no tiene nada que ver con aquel gusano gigante... -el miedo paralizó a Sarah.

- No lo sé, pero no pienso quedarme a averiguarlo -respondió Kristian que también parecía haberse erigido a él mismo como líder del grupo de supervivientes- Mirad, ahí abajo parecen haber varios vehículos. Hagámonos con uno y vayamos en busca de respuestas.

El grupo comenzó a bajar la ladera. Iban en dirección a un centro comercial que estaba a las afueras, allí podrían conseguir algún vehículo. Mientras descendían Szö comentó:

- Deberíamos también buscar algunos trajes protectores mejores que estos. Cuando equipamos el refugio invertimos más en otras cosas, y compramos estos en el mercadillo. 

- Y no vendría mal algo de comida, me muero de hambre -apuntó Guy.

Casi una hora después llegaron a la entrada del parking, así se encontraron a las primeras personas desde que escaparan de la ciudad. Sarah vió a una anciana que se tambaleaba, así que fue corriendo para auxiliarla, pero cual fue su sorpresa que cuando iba a sujetar con firmeza los brazos de la mujer... ¡La atravesó! Sarah gritó del susto con todas sus fuerzas, y por ello sus compañeros fueron a ver que sucedía.

- ¡La he atravesado con mis manos! ¡La he atravesado! ¡La he atravesado! ¡La he atravesado! ¡La he atravesado! -repetía Sarah presa del pánico.

Guy la sujetó entre sus brazos para intentar calmarla.

- Aquí está la prueba, esto confirma mi teoría. Es un holograma. -dijo Szö.

- Unos efectos especiales muy resultones... -dijo Kristian con desdén.- Dejémonos de jueguecitos y vayamos de compras.

El centro comercial era suyo. Podrían haber pasado semanas disfrutando de todo lo que allí había: peliculas, alimentos de toda clase, musica, libros... pero dadas las circunstancias, tenían que ir al grano. Se separaron para “adquirir” lo que necesitaban: Sarah lleno un par de carros de comida, Guy encontró unos buenos trajes protectores para todos y además cogió algunos más de reserva. Pensó que podrían hacerles falta. Kristian y Szö se ocuparon de todo el material informático: Portátiles, cámaras, micrófonos ultrasensibles, y todo tipo de aparatitos que pensaron que les podían ser útiles. 

Mientras descendían la montaña, Kristian había comentado la necesidad montar un centro de operaciones móvil en algún vehículo de los cientos que estaban estacionados en el parking. Era sorprendente que, aunque la cantidad de vehículos menguaba a un ritmo considerable en los últimos años, los parkings de los centros comerciales continuaban llenos hasta la bandera. Al final se decidieron por una gran furgoneta negra, bastante nueva, que con sus conocimientos y todo el material y herramientas que necesitaban a sus disposición, no tardaron en puentear.

Kristian se puso al volante. Guy se percató de que en el reproductor había un disco y se preguntó por el dueño de la furgoneta. ¿Qué gusto musical tendría? ¿Quién sería? ¿Cúal había sido su destino? Mientras se preguntaba estas cosas, le dió al play y la música empezó a sonar.

Storm.. in the morning light
I feel
No more can I say
Frozen to myself

I got nobody on my side
And surely that ain't right
And surely that ain't right

Ohh, can't anybody see
We've got a war to fight
Never found our way
Regardless of what they say

viernes, 21 de diciembre de 2012

Especiales Vol. 2: Profecias Mayas. O cómo Robert V. pasó las últimas 24 horas del mundo “endrogao” tomando un mojito.


00:03. 21 de diciembre del año 2012 // En algún lugar del globo terráqueo.

La resaca para Bob era como un compañero de piso: Siempre estaba ahí para molestarle. Hacía rato que había dejado de beber, se le había acabado el whisky y el 24 horas estaba cerrado.

- Hay gente que se toma esto del fin del mundo demasiado en serio.- Pensó mientras se llenaba un vaso de agua.

Estaba en la azotea de un edificio de apartamentos para solteros. Le gustaba aquel lugar porque desde allí podía ver toda la ciudad, todas sus luces y coches circulando. Iba a ser un día interesante.

De pronto escuchó el sonido característico de la puerta que daba a la azotea. Alguien había entrado. Bob se dió la vuelta y vió a un pequeño hombre. Tenía la cara arrugada y el pelo blanco, pero no daba la impresión de ser viejo. Sus ropas eran extrañas, hechas a mano y coloridas. Sin decir nada, el hombre se sentó al lado de Bob. El velociraptor se quedó un rato mirándolo atónito, hasta que no pudo más y le preguntó:

- ¿Quién coño eres tú y qué mierdas haces aquí?

- Vigila tu lenguaje... Somos lo que pensamos, pero se nos conoce por lo que decimos.

- Oye... me duele demasiado la cabeza como para ponerse filosófico. Contéstame.

- Soy uno... Y he venido aquí a lo mismo que tu. A contemplar el paisaje.

- Pues yo vengo mucho por aquí, y nunca te había visto. ¿Por qué vienes precisamente hoy?

- Te lo he dicho, he venido a contemplar el paisaje. Mientras decía estas palabras, el hombre le pasó su pipa alargada hecha a mano. El gran olfato de Bob le dijo “lo de ahí dentro no es tabaco”, y le dió una calada. Ya no volvieron a hablar en un buen rato, pero a Bob, el pequeño hombre misterioso le empezaba a caer bien.

01:31

Ya había pasado la primera hora del día. Aquellos dos pintorescos personajes compartían una calurosa madrugada invernal, donde las risas ahumadas sólo eran acompañadas por el sonido lejano de los coches. La complicidad reinaba en aquella azotea, y algo le hacía confiar en su compañero nocturno. Efectivamente, la extraña mezcla de drogas, ayudaban a ello.

- Veo que has venido preparado -dijo el extraño anciano rompiendo la ausencia de diálogos- Esa nevera de cien litros a pilas recargables, hace indicar que esperas disfrutar del espectáculo, sin privarte de nada.

- Si quieres que comparta algo, deberías bajar a pedirle a algún vecino algún pack de cervezas bien frías.

Asumiendo que Bob tenía razón, el ya no tan joven personaje, accedió a la demanda y se dispuso a buscar entre los vecinos del edificio algún alma caritativa. Mientras, Robert daba buena cuenta de una bolsa de snacks: “patatas chip con sabor a cabritillo tierno y adorable al Oporto, con una reducción de cabeza estilo jíbaro”

- Ya no saben con que sabor sorprendernos- dijo Bob en voz alta.

Se estaba poniendo la americana hecha un asco. Así que cogió una servilleta y se dispuso a limpiarla como buenamente podía, con los recursos que tenía a su abasto: servilleta + saliva. Pero mientras obraba el milagro, algo llamó poderosamente su atención: Un pájaro en llamas cayó delante de él.

- ¡No puede ser! ¿Tan pronto, no puede esperar? ¿Todavía no ha subido con las cervezas y ya está empezando el fín del mundo?

Mientras pronunciaba estas palabras, apareció corriendo su vecina del tercero segunda. A la señora le encantaba cocinar, pero digamos que no destacaba en la materia.

- Bobby (que así le llamaba ella, cosa que le revolvía el estómago). ¿Has visto mi pollo gaseado?

- Señora Perkins, ¿Se refiere a esto? - dijo Bob cogiendo con sus garras el pájaro en llamas que había aterrizado hacía unos momentos- Creo que ha cometido un error leyendo el título de la receta. Tenía que haber hecho “Pollo glaseado” y no “Pollo gaseado”.

- ¡Respeta mi trabajo maldito dinosaurio!- y dicho esto desapareció de la escena.

A su vez, el extraño hombrecillo apareció por la puerta con varios packs de cervezas en las manos y una mochila llena de latas sueltas.

- Ahora ya estamos en paz Bob.

3:14:15

- ¿Sabes? Hay un chiste muy bueno de los Monty Python que ahora viene al pelo. ¿En qué se parece la cerveza estadounidense a hacer el amor en una barca?

- No, no lo sé Bob.

- En que las dos cosas se acercan peligrosamente al agua.

Nada más acabar de contar el chiste, al anciano (que estaba dando una calada a la pipa) le dió un ataque de tos y risa. En ese momento pensó que si moría, sería la segunda víctima mortal de los Monty Python.

- Por cierto, tu sabes mi nombre pero yo no sé el tuyo. ¿Cómo te llamas? - Preguntó Bob.

- Algunos me conocen como Don Juan, pero tu puedes llamarme solo Juan.

- Y ahora en serio. ¿Por qué has venido a emborracharte conmigo?

- Que tú estés aquí es solo una casualidad. O tal vez no, ya veremos. Y lo de emborracharme no entraba en mis planes, pero no le digo nunca no a un trago en buena compañía.

Juan era un hombre misterioso. Parecía que nunca daba una respuesta concreta a nada, pero por alguna razón, Bob confiaba en él. Después de un momento en silencio, Don Juan continuó:

- Verás, de alguna manera conozco a todas las civilizaciones antiguas. Todas sus enseñanzas. Digamos que soy su descendiente espiritual.- Hizo otra larga pausa y luego siguió hablando. -Te voy a enseñar una cosa.

Sacó una bolsa de supermercado con algo verde dentro. Cogió un trozo, se lo llevó a la boca y le ofreció a Bob. En ese momento se dio cuenta de que su nuevo amigo se había dormido.

- ¡¡¡BOOOOOOOOOOOB!!! - Gritó Juan.

- ¡¡Joder!! ¿Qué cojones te pasa?

- Toma, coge uno.

- ¡¡Hostia puta, eso es San Pedro!! Veo que sabes pasarlo bien. Vamos a flipar un rato. - Y mientras decía esta última frase, Bob se metió tres trozos de cactus en la boca.

Sobre las 6 de la madrugada

A Bob, las luces de la ciudad le parecían más brillantes que nunca. Si se paraba a escuchar el ruido de fondo del tráfico, le sonaba a murmullos en el teatro y otras a risas enlatadas. Por supuesto, él sabía que todo era efecto de lo que acababa de tomar, pero aún así, le parecía cuanto menos, curioso.

Por su parte, Don Juan no mostraba signos de nada. Seguía bebiendo de su cerveza ya caliente con la mirada perdida en aquellas vistas.

De repente, Bob vio una mosca. La siguió con la mirada hasta que la mosca se cruzó con la Luna en su campo de visión.

- La Luna... La Luna... La Luna... -Bob repetía esto como queriendo acabar la frase, pero nunca lo conseguía.

De pronto empezó a fijarse en que había una cuerda que bajaba desde ella hasta la Tierra. Se fijó un poco más y vió que en el satelite se podían distinguir las pequeñas siluetas de unos seres que estiraban de la cuerda. ¡Estaban acercando la Luna a la Tierra!

Todo esto lo contempló en silencio. Intentaba hablar, pero no podía. Quería decirle a Juan que la Luna se estaba acercando. ¡Cada vez la veía más grande!

Cada vez se acercaba más rápidamente, hasta que inesperadamente, Bob oyó un estruendo brutal. Ahora, lo que antes era el satélite natural de la Tierra, se había convertido en una cara sonriente que, rodeada de llamas, iba a colisionar con el planeta de un momento a otro.

- ¿Ves eso, Juan? - Logró decir Bob.

- Veo muchas cosa, Bob. ¿Qué es lo que ves tu?

- ¡¡¡Es Mr. Bean, el puto Mr. Bean nos va a matar!!!

Pero no los mató. Conforme se iba acercando, la cara sonriente de Mr. Bean, se tragó a Bob. Allí dentro pasó lo que luego describiría como “unas interesantes semanas de vacaciones”, pero eso forma parte de otra historia que quizás Bob nos cuente algún día.

Un rato después, salió por donde suelen salir las cosas que entran por la boca. Y allí estaba, en la azotea. Juan a su derecha. Una cerveza en la mano. La mosca revoloteando. La Luna en su sitio.

- No está nada mal... - Pensó Bob.

Las 8 en punto

Hacía ya un rato que había amanecido. Nuestra extraña pareja continuaba sentada en la azotea. Tan sólo una endeble barandilla les separaba de una caída libre de más de sesenta metros.

- Oye Juan, ¿Te has preguntado alguna vez si existe Dios?

- No lo sé, si Dios existiera, no creo que dos personajes como tú y como yo pudiéramos ser reales... Y más aún, estar juntos el día del fin del mundo compartiendo drogas, cervezas y viajes estomacales...

- ¡Qué realmente jodida y sorprendente es la vida tío! ¡Estaba pensando en preguntarte exactamente lo mismo! Es que esa pregunta me la llevo haciendo desde pequeño. Todo comenzó un día que estaba jugando con mis hermanos en el jardín de casa de mis tíos. Como era habitual jugábamos al fútbol. Yo lo odiaba, porque siempre me tocaba ser el portero, ya que nadie quería serlo. Pero ese día, en uno de los centenares de goles que encajé, fui a recoger el balón al lado del huerto que tenía mi tío. Se había quedado parado junto a una colonia de hormigas. Hasta aquí todo normal. Después de esto es cuando se complica la cosa. Allí encontré algo que hoy en día sigue dando vueltas por mi cabeza. Vi que estaban en filas extrañamente alineadas. Así que, como era un niño muy curioso, saqué la lupa que siempre llevaba encima, y me dispuse a entender el porqué de aquella alineación, la cual era la siguiente: La gran mayoría de ellas estaba en la parte inferior de una especie de montículo, encima de este se encontraban unas cuatro o cinco hormigas ataviadas con coloridos ropajes. Y para rematar el dantesco espectáculo, detrás de estas había una estatua tallada a la perfección en madera. Pero mi sorpresa no acabó ahí. ¿Sabes quién estaba representado en ese objeto de culto para las hormigas?

- Me coges algo disperso, ¿Doraemon?

- Ojala hubiese sido mi amigo el gato cósmico. ¡Era yo tío! ¡Adoraban a una jodida estatua mía!

Cuando Don Juan dijo estas palabras, Bob, sorprendido, escupió toda la cerveza (la cual se derramó sobre la permanente de una venerable anciana que caminaba por la calle) mientras caía de de espaldas de la silla.

- ¿Me estás diciendo que eres el jodido dios de una colonia de hormigas?

- Todavía no lo he entendido. Cuando vi mi cara, salí corriendo de allí. Seguidamente nuestros padres nos llamaron a cenar, porque ya estaba anocheciendo. Cuando nos mandaron a dormir, no podía conciliar el sueño. Aquel extraño rito de veneración hacia mi persona por parte de esos diminutos animales me tenía intranquilo. Así que, como la ventana de mi habitación daba a esa zona del jardín, me puse a mirar desde allí el lugar donde estaba el hormiguero. Y aquí viene lo que redondea esta historia, que por cierto nunca le he contado a nadie. Vi salir unas pequeñas luces amarillas rodeadas de otras algo más pequeñas y de color azulado. Por la forma en que se movieron, tengo que descartar que eran luciérnagas. Así que solo puedo pensar en naves espaciales. -la cara de Bob era un poema- Al final, a altas horas de la madrugada acabé durmiéndome. A la mañana siguiente bajé al huerto nada más despertarme mis padres. Cuando llegué allí, aumentó mi asombro: No quedaba ni rastro de ningún hormiguero. Tan sólo una diminuta señal que rezaba: “¡Peligro! Campo minado”. Como ya te dije, era muy curioso. Así que con un palo de un metro más o menos de longitud toqué aquel lugar. Nada más contactar con la tierra una pequeña explosión redujo aquel metro cuadrado de tierra y hierbajos a un agujero. Nadie diría que el día anterior se celebraba una extraña misa en mi honor en ese lugar.  

10:01

Tras unos minutos de silencio en que Bob y Juan se quedaron absortos mirando el horizonte, la conversación comenzó a fluir de nuevo.

- Nunca había conocido a un dios del mundo de las hormigas. Sabía que eras especial desde el mismo momento en que volviste con tantas latas de cerveza. Alguien normal no saquea de esa forma a sus vecinos para darse un festín alcohólico -En ese momento Bob paró de hablar. Mientras, sacaba del bolsillo una bolsita transparente con unas divertidas caras sonrientes, le dió una a su compañero de experimentación y él puso otra sobre su lengua. Dejó que hiciera un poco de efecto y prosiguió- Algunos le llaman LSD, yo prefiero llamarle Paco. No me digas por qué. Bueno tío, respóndeme a la pregunta.

- ¡Ah, cierto! Yo creo que hay una “fuerza superior”, por llamarlo de alguna manera. Pero no el dios de castigo o de bondad. Simplemente algo que está ahí latente. Creo en gaia, en la tierra como un ente vivo. Y, a su vez, creo que interviene en nuestro futuro. No sé, es que si lo piensas, lo que me pasó con las hormigas es una metáfora de lo que ocurre con dios. Un día una hormiga iluminada, que no en llamas, eso es otro tema que ya te contaré. Bueno, que un día esa hormiga me vio, y comenzaría a hablar sobre que un dios le había hablado y le había elegido para ser su profeta en la colonia. Después unos pocos le segurían, y comenzarían la etapa del maketing: construyendo altares, ídolos de madera y hablaría con los mejores narradores de la colonia para así crear una religión que tuviese una base con la que engatusar a los crédulos. A partir de ahí, poco a poco y mediante una cultura del miedo en plan “ooooh cuidado con el gran dios, porque si no seguimos sus enseñanzas, vendrá y nos aniquilará”. Y con esto ya tienes la religión hecha.

- Joder, mira que me considero ateo. Pero me gusta tu promoción de “desmontando la religión en 10 fasciculos”

En ese momento, un haz luminoso se posó delante de ellos. Después de que ese fulgor se fuese difuminando, un extraño personaje de rasgos africanos se apareció delante de ellos.

- ¿Qué Dios no existe malditos bastardos? ¿Qué sandez es esa? Al final, gilipollas como vosotros, me vais a dejar sin trabajo. Si todo sigue así, con tanto poseedor de la verdad absoluta predicando a los cuatro vientos que Dios no existe... ¡Perderé mi plaza de funcionario en La Alianza  Intergaláctica! Tengo milenios de años de antigüedad, y sólo una catástrofe verbal como esa puede dejarme en el paro. Gané a miles de millones de seres que se presentaron a las oposiciones de Dios. ¡Me lo trabajé como el que más! Así que por derecho me toca esta plaza. No hubo ningún enchufe como los terrícolas españoles están acostumbrados. Así que: ¡YO SOY DIOS! Funcionario de nivel 1.

Bob y Juan se miraron con caras de absoluto asombro.

- Tío Juan ¿Conoces a este colgado?

- No lo había visto en mi vida. Pero me gusta su verborrea. Creo que me ha convencido. Oye Dios, ¿Por qué no te coges una sillita y te sientas con nosotros a ver el fin del mundo?

- Joder colegas, es lo que estaba deseando que me dijerais.- Dijo Dios mientras abría una refrescante cerveza recién sacada de la improvisada nevera.- He traído unos canutillos por si os apetece.

Hora indefinida. Mediodía.

- ¡Dios, esta mierda es buena! - espetó Bob mientras iba sacando el humo de sus pulmones.

- Lo sé, la cultiva un amigo en La Comarca.

- ¿La famosa hierba cultivada por los hobbits? - preguntó extrañado Don Juan

- No, no. La Comarca es un club de carretera que lleva mi colega. Tiene un huerto detrás donde, además de hierba, cultiva tomates adulterados con THC.

- ¡Hey, hey! Creo que se me están soltando los brazos. ¡Sí, mirad! -Bob comenzó a dar vueltas por la azotea sin rumbo y en total éxtasis.- ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡No tengo brazooos! Sale sangre de colores. ¡Dios, tío, ayúdame!

- En el nombre de dios, os ordeno -dijo refiriéndose a las extremidades de Bob que yacían inertes sobre el suelo- que volváis al cuerpo del que os habéis desprendido... ¡O si no, pagaréis cara vuestra osadía!

En ese momento, los dos brazos cobraron vida, y comenzaron a dar saltos sobre las palmas de las manos. Aquella escena era digna de la imaginación de David Lynch tras un buen atracón de setas alucinógenas: Un hombre de baja estatura riendo a carcajadas, sentado encima de un barril hecho nevera cual toro bravo en un rodeo; Dios (o eso aseguraba que era) fumando hierba resucitando miembros amputados; un velociraptor bien vestido corriendo detrás de unos brazos que saltan y caminan con vida propia mientras va perdiendo sangre de colores.

Tras varias vueltas que bien pudieran haber completado una media maratón, Bob cayó de bruces contra el suelo, quedando inmóvil. Sus dos compañeros fueron corriendo a socorrerle. Cuando llegaron a su altura, vieron que se había abierto la cabeza, y de él salían pequeñas réplicas de Bob con una altura de unos diez centímetros. A su vez estas réplicas formaban parte de una banda musical, en la cual, cada una llevaba su instrumento, todo ello al son de “When the saints go marching in”. Así fue que los dos nuevos amigos de Bob se pusieron a chascar los dedos al compás de la música. Tal era el ritmo, que hasta el malherido dinosaurio se enganchó al dueto. Cuando acabó la canción Bob se levantó por su propio pie, mientras se envolvía la cabeza para dejar de sangrar, con una blusa que había tendida. A su vez, la banda musical se dispersó por la azotea hasta desaparecer por diferentes agujeros.

Los tres personajes se sentaron en la cornisa, con una bolsa de snacks cada uno, mientras miraban como las personas, que desde allí parecían igual de grandes que las hormigas de la historia de Juan, iban como cada día al trabajo.

15:20:24, 15:20:25, 15:20:26...

Durante esta hora murieron 2.083 personas.
Nacieron 15.840 personas.
Cayeron 360 rayos sobre la Tierra (uno casi mata a un perro)
7203 parejas se casaron.
8335 se divorciaron.
580 Gb de música fueron descargados.
La mayoría era de Justin Bieber.

Aparte de esto, no pasó mucha cosa.

Las 16:30 de la tarde. (Más o menos).

Mientras Bob estaba con el bajón, Don Juan comió un par de trozos más de San Pedro. Luego decidió que quería ser un pájaro, y se convirtió en cuervo. Voló hasta el edificio más alto que podía ver, que curiosamente tenía en el último piso un prostíbulo de lujo. Se quedó un buen rato mirando a una pareja practicando las artes kamasutrianas. De repente, quiso ser el fruto de ese polvazo, pero cuando se dio cuenta, estaba atrapado en el interior de un condón. Fue una situación un poco incomoda, pero al menos conoció a un montón de gente.

Bob se recuperó un poco. Tenía hambre, así que le dió un mordisco a Dios. Le arrancó el brazo y se lo comió en tres o cuatro segundos.

- ¡Eh tío, ese era mi puto brazo!

- ¡Buah! Sabes a gloria.

- ¿Te crees que por ser Dios, puedo hacer que me salga un brazo nuevo instantáneamente?

- No lo sé... ¿Puedes?

- Si, pero ese no es el tema -Dijo Dios, mientras le salia otro bracito, que luego fue ganando musculatura hasta ser como el anterior.- El tema es que no me has pedido permiso, ni nada. Los demás te importan una mierda, Bob.

- ¡No es verdad! Sois unos amigos cojonudos, pero me ha entrado hambre y mi instinto depredador ha surgido... Tío, vamos hasta las cejas de todo, entiéndelo.

En ese momento, se oyó un estruendo en el cielo. Una gran nave espacial estaba entrando en la atmósfera de la Tierra. Era de colores vivos: rojo, verde, amarillo... incluso se podía distinguir el logo de Fisher Price. Dios preguntó a Bob:

- ¿Has visto lo que has conseguido? Tu egoísmo ha atraído a los juguetes de la dimensión Fisher Price y ahora vamos a ser invadidos por muñecas, robots, walkie-talkies, juegos de mesa educativos y demás accesorios de plastelina.

- Bueno... podría ser peor.

- ¿¡PEOR!? ¿Crees que hay algo peor que tener que contestar durante toda tu vida a teléfonos que te dicen como suenan diferentes animales? Sinceramente Bob, si lo hay, no quiero saberlo... Y eso que soy Dios, y debo saberlo todo.

Mientras tenían esta conversación, la nave se abrió. Se abrió y pasó un rato abierta. Estaban ventilando el olor a plástico.

19:49

Cuando la nave estuvo ventilada, empezaron a abducir gente. Gente al azar... un gordo aquí, una señora y su perro allá, una adolescente descubriendo su sexualidad... De estas últimas hubo demasiadas como para pensar que era algo al azar, pero lo era.

Bob y sus amigos miraron como subia toda esta gente por el haz de luz que generaba la nave. En ese momento, Juan (que ya había vuelto de su viaje) saltó al vacío. Se metió en la trayectoria del haz de luz y empezó a subir, y mientras ascendía, gritó:

- ¡No os preocupéis, enseguida vuelvo!

Cuando Juan llegó a la nave, se sacudió el polvo del cuerpo (polvo inexistente, ya que los haces de luz son un medio de transporte totalmente aséptico) y se dispuso a investigar la nave.

Sonó un teléfono con un divertido tono de llamada:

- ¡Tituti-ti-ti, llaman al teléfono!

Ante este inevitable reclamo, Juan descolgó y se puso el auricular en la oreja.

- ¿Si?

- Hola terrícola, soy Buzz Añoluz, aunque vosotros me conoceis con el ridículo nombre de Buzz Lightyear. Una mierda de nombre, sin rima, sin gancho... Bueno, el caso es que acabas de ser abducido. ¿A qué te apetece jugar?

- No me apetece jugar. Me apetece un ron con cola.

- Lo siento, no tenemos alcohol. No tenemos nada para mayores de 18.

- ¿Qué qué? ¿Perdona? ¡Pues vaya mierda, me quiero ir de aquí YA!

- De acuerdo, adiós.

Buzz Añoluz accionó una palanca y a los pies de Juan se abrió una compuerta que le hizo caer desde Dios sabe qué altura. (Dios lo sabía, pero nunca habló de ello). En su caída, Juan pensaba : Vaya, me esperaba más resistencia a mi petición de liberación...

Pero al fin y al cabo, eran juguetes... ¿Qué podían hacer? ¿Divertirle hasta la muerte?

Casi las 10 de la noche.

De nuevo estaban los tres juntos. Sentados en sus hamacas, rodeados de decenas y decenas de latas y bolsas de snacks vacías. Sus viajes habían terminado por el momento, y el bajón comenzó a ganarles.

- ¿Cómo ha ido en la nave espacial Little John? - Dijo Bob.

- Are you talkin’ to me?

- Gran película tío, pero contéstame.

- No quiero recordarlo. Me estafaron. Déjalo ya, por favor.

Bob asintió con la cabeza y cambió de tema:

- Pues parece que han pasado un montón de cosas hoy, pero el fin del mundo no acaba de llegar...

- El mundo se acabará cuando yo diga, que para eso soy Dios. - Dijo Dios, claro está.

Nadie dijo nada más. Estaban cansados y les dolía la cabeza. Resaca. En ese momento todo empezó a temblar. Al principio suavemente, luego fue subiendo de intensidad hasta que Bob, Juan y Dios se asustaron de verdad.

Vieron como unas grietas profundas se abrían en las calles y se tragaban a la gente. Del cielo venía un estruendo que casi sin notarlo, fue creciendo. Se había hecho tan fuerte, que no podían escuchar ni sus propios pensamientos.

Bob gritó:

- ¿Aún vamos drogados? ¿Vosotros veis eso?
- ¡SÍ! - Contestaron al unísono Juan y Dios.

- ¿Sí a qué? ¿Sí a lo primero? ¿Seguimos drogados?

- ¡No, la mierda que hemos fumado, comido, esnifado, y bebido no es tan fuerte como para ESTO! - Dijo Juan, que sin duda, sabía mucho sobre drogas.

- ¿Entonces qué mierda es esta? ¡¡Yo no he autorizado esto!! Nadie me ha presentado los documentos necesarios para todo este tinglado. - Dijo Dios.

El edificio donde estaban nuestros tres protagonistas se empezó a venir abajo. Se agarraron a donde pudieron, pero fue inútil. Aquel día murió el 99.8% de la población mundial.

A las 23:59, las últimas palabras de Bob fueron:

“Curioso, cuanto menos. Ahora lo entiendo todo. La única explicación a esto és...”










¡RRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGG!

Esa música estridente, como cada mañana, volvía a anunciar la llegada de un nuevo día. De nuevo, esa máquina infernal estaba cumpliendo su función.

Me froté la cara con las manos, abrí los ojos y posé mis pies sobre el frío suelo. Cuando hube reaccionado un poco, un sin fín de imágenes comenzaron a bombardear mi cabeza. ¿Qué había soñado? Tan solo recordaba vagas escenas psicotrópicas. Entonces comencé a recordar en voz alta:

- Todo era en tercera persona. Una azotea, tres extraños personajes: un velociraptor, un hombrecillo y alguien que se hacía llamar Dios. ¿De dónde han salido toda esa imaginería?

Subí la persiana, la luz del nuevo día me cegó unos segundos. Y cuando mis pupilas se acostumbraron a la nueva iluminación, miré a mi alrededor. La habitación estaba llena de botellas de whisky vacías y envases de comida preparada. No recordaba nada del día anterior. Tan sólo partes de mi sueño. Algo aturdido me fui al baño a afeitarme y darme una buena ducha. Hoy había quedado con gente importante. Tenía que enseñarles mis ilustraciones para una edición especial del treinta aniversario de la editorial. Los jefazos iban a estar allí, me jugaba mi futuro. Mi cabeza continuaba embotada, había algo de ayer que debía recordar, pero no sabía el que.

Cuando abrí la puerta del baño me quedé petrificado. ¡Había una chica desnuda tumbada al lado del retrete.

- ¡Joder! ¿Pero que hice ayer? No se mueve ¿No me jodas que está muerta?

Me acerqué a ella para ver si tenía pulso. Recé a dioses primigenios para que así fuera.

Pasaron unos segundos eternos hasta que le encontré el pulso. Estaba viva, pero seguía sin saber quién era y que hacía desnuda en mi baño. No podía perder tiempo o llegaría tarde.

Abrí el grifo, puse un poco de agua en mis manos y la eché contra mi cara. Llené mi barba de espuma, y comencé a afeitarme mientras me decía mirándome al espejo:

- Vamos Diego, hoy es el día por el que llevas luchando mucho tiempo. Ya vendrán las respuestas.

La chica se movió de lado. Parecía que estaba en un sueño profundo. Me quedé mirándola unos segundos. Era preciosa.

Encima del lavabo había, varios vasos con hierbabuena dentro.

- ¿Mojitos con whisky? Tengo que dejar de beber...

Mientras me afeitaba, abrí el agua de la ducha para que el agua caliente comenzase a correr. El vapor de agua empezaba a envolver la habitación. Era el momento de entrar.

Cuando el primer chorro de agua cayó sobre mi, comencé a reaccionar, aunque la cabeza aún me daba vueltas. Llené la esponja con gel y froté todo mi cuerpo. No podía entretenerme, así que fui quitando todo rastro de jabón con el teléfono de la ducha.

Descorrí la cortina y salí. La chica continuaba tumbada en el suelo. Si saber por qué, le dí un beso en la mejilla y fui a vestirme. No me quedaba casi ropa limpia. Hoy era una ocasión especial, y debía ir lo más arreglado posible. Me puse la chaqueta de lana, cogí las llaves y mi sombrero, pero antes de salir dejé una nota a la chica:

“No te vayas, vuelvo en un rato. Me gustaría tener respuestas”.

La dejé sobre su ropa y me dispuse a irme. Estaba abriendo la puerta de casa cuando, de repente, oí unos pasos detrás de mi. Era la chica desnuda de mi baño.

- No te vayas Bob, no me dejes sola.

- ¿Bob? No sé que te diría ayer. Pero me llamo Diego, y llego tarde a una entrevista muy importante.

- Cariño, te llamas Bob. No tienes ninguna entrevista. Hace varios meses que no trabajas, ni haces ninguna. Llevamos ocupando esta casa desde el día que te echaron de tu último trabajo.


De nuevo extrañas imágenes bombardearon mi mente. Todo eran situaciones enrevesadas.

- ¿Bob? ¿No me llamo Diego?

- No mi amor, quítate la ropa y vayamos a la cama, tengo frío.

No pude resistirme a aquella dulce y sensual voz. Me quité la chaqueta y la seguí. Pero entonces ocurrió lo más extraño de todo. Cuando pasé por delante del espejo del pasillo, me quedé petrificado:

- ¡Yo no era humano! Era un velociraptor que vestía como un hombre... Entonces perdí todo control sobre mi cuerpo y mis piernas me llevaron hasta la cama. Destapé un poco la sábana y allí estaba ella. Cuando la vi allí tumbada, recordé su nombre y con el, toda mi vida.

- Te he echado de menos Sandra.

- Y yo a ti Bob, ahora calla y bésame. Celebremos que hemos vuelto a sobrevivir al fin del mundo.