martes, 31 de julio de 2012

Capítulo 5


Sarah no tuvo una infancia fácil. Sus padres la maltrataban, por lo que ella y su hermano menor se fueron de casa a los catorce y cinco años respectivamente. Apenas pudieron coger a sus padres algo de dinero para sobrevivir unas semanas. Llegó a tener tres trabajos al mismo tiempo. Servicios sociales les tenían olvidados y, al tener menos de 16 años, tan solo podía trabajar clandestinamente, por lo que la explotaban en todos. Las obligaciones de tener que hacer de madre y hermana en plena pubertad, acabaron por hacerle buscar en la droga, el refugio para evadirse de la realidad. Por lo que, el dinero se convitió en un problema más grave. Tenía que ganar más. Los trabajos ya no le daban lo suficiente.

Un día su camello, después de varias zalamerías, le propuso que trabajara para él vendiendo su cuerpo. Pensó en no tener que moverse por la ciudad para ir cambiando de trabajo, en no escuchar a sus estúpidos jefes. Su proveedor de droga, siempre había cumplido... Así que no se lo pensó. 

Habían pasado siete años desde que decidió entrar en el mundo de la prostitución. Tenía veintidós y estaba cansada de vivir. Sentía asco del mundo y de si misma. Tan solo su hermano pequeño le daba fuerzas para seguir adelante. Se dejaba llevar por la rutina, sin pararse a pensar en la posibilidad de un futuro mejor, ya había abandonado toda esperanza. 

Como cada día fue a la calle central donde hacía su ronda en otra calurosa mañana. Teníendo que llevar aquellos trajes de protección, se hacía más complicada la profesión, pero Sarah lo suplía con su don de la palabra. En los útlimos tiempos, no había nadie por allí, por lo que las perspectivas de negocio no eran muy buenas. De repente, vio acercarse un coche lujoso (lo cual, en aquella época, era una redundancia: puesto que tener un coche ya era un lujo) y se le encendieron todas las alarmas. "Posible cliente con dinero".
El coche paró a su lado, y bajó la ventanilla de atrás. Dentro vio a un hombre de mediana edad con un elegante traje: americana negra, camisa blanca y sin corbata. Ella se acercó y este le dijo:

-Sube.

Ella , sin inmutarse, con la mente puesta en el dinero que podría sacarle.

- "Por fe Sarah siendo estéril, recibió poder para concebir" Hebreos 11:11. - recitó el hombre trajeado- Hacía tiempo que iba detrás de ti.

- ¿De mi? Y, ¿Cómo sabe mi nombre?

- Sí, querida. Jehová ha decidido que tengas un papel importante en nuestras vidas. Deja ya este mundo de pecado, y únete a nuestra causa. Mereces mucho más de lo que esta sociedad te está dando. Tú y tu hermano podréis vivir en un lugar mejor. Y si colaboras, no os faltará de nada.

- ¿Si colaboro? ¿Qué tendré que hacer?

- Nada extraño Sarah. Tan solo propagar nuestras enseñanzas una vez te hayas empapado del mensaje que Jehová nos transmite desde su inmenso amor. Te espera un gran futuro. Solo depende de ti.

Nunca nadie le había hablado de forma tan positiva. Sarah quedó embelesada por las promesas de felicidad de aquel extraño individuo. Pensó en su hermano, en todo lo que habían tenido que sufrir desde pequeños. No lo dudó, y aceptó.

- Está bien, no tengo nada que perder.

- Toma este dinero. Compra comida y algo de ropa nueva para tu hermano y para ti. Haced las maletas y venid mañana a esta dirección. Una vez allí, diles quién eres, te indicarán donde tienes que ir y lo que tienes que hacer. Hasta pronto.

Sarah bajó del coche. Tiró todos los condones y la droga que llevaba encima a la alcantarilla, y se puso dirección al centro comercial del barrio contiguo. Compró algo de comida y la ropa más barata que encontró (se había acostumbrado a la sencillez). De camino al colegio de su hermano, una gitana le paró.

- Hola Sarah, déjame leerte el futuro en tus manos.

- ¿Por qué todo el mundo con el que me cruzo hoy sabe mi nombre?

- Tienes un aura muy extraña... muy especial. Veo en las líneas de tu mano que conocerás a alguien muy especial también. Te enamorarás de él.

- ¿Enamorarme yo? Ese no es mi estilo.

- ¡Pero ten cuidado! No todo es lo que parece...

Con esa frase lapidaria, la gitana se fué. Parecía un poco asustada, pero Sarah no le dió mucha importancia. Creyó que solo le estaba dando un toque de teatralidad. Recogió a su hermano del colegio y se fueron a casa.

- Hoy es un gran día cariño. Por fin vamos a comer bien. Mañana empezaremos una nueva y mejor vida. Lejos de todo el sufrimiento de estos años.

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué?

- Conocí a un hombre que confía en mí, y me ofrece un futuro mejor. Iremos con ellos.

- ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?

- No importa. Ya lo descubrirás.

Al día siguiente, Sarah se levantó temprano para preparar las maletas. Se puso la ropa que había comprado y despertó a su hermano. Una nueva vida les esperaba, y debían ir arreglados para la ocasión. Ya en la calle, paró a un bici-taxi y le indicó la dirección a la que ir.

Era un gran complejo de edificios bastante modernos. Se acercó a la puerta principal del edificio, y allí les recibió una mujer de unos cincuenta años que le espetó:

- Tu debes de ser Sarah. Acompañame.

- No se que pasa últimamente que todos sabe como me llamo.- Dijo ella en un susurro apenas audible.

Siguió durante un buen rato a la mujer. El complejo era bastante grande y tardaron un poco en llegar a la zona residencial. Era algo parecido a un hotel, con largos pasillos llenos de puertas a los dos lados.

- Hemos llegado. -Dijo la mujer- Toma las llaves, cambiate. Hay ropa más adecuada en el armario. Te estaré esperando, en una hora, en la cafetería que hay al final del pasillo.

Sarah se cambió de ropa, mientras su hermano jugaba con una videoconsola portátil que le acababan de dar. El armario estaba lleno de vestidos parecidos al que se acababa de poner: Falda gris estrecha que llegaba hasta mitad de pantorrilla, camisa blanca y chaqueta gris a juego. Elegante, pero gris.

En la habitación no había televisión. Solo un par de camas, un cuarto de baño y un escritorio vacío. Hizo un poco de tiempo, y salió hacia la cafetería con su hermano. Allí estaba aquella mujer, tomando una taza de té.

- ¡Oh, ya estás aquí! Así vas mucho más elegante. -Dijo mirándola de la cabeza a los pies.

Sarah, se sacó las llaves que le había dado e hizo un gesto para devolverselas, pero la mujer dijo:

-No querida, ahora esa es vuestra habitación. Vuestra casa. Quedatela. Por cierto, mi nombre es Esther Hae. Y tú, muchachito, puedes ir a jugar con aquellas máquinas recreativas. - dijo señalando al fondo de la cafetería. - Tu hermana tiene cosas que hacer.

Sarah se guardó otra vez la llave con el gran llavero en el que ponía “111”, el número de habitación. Ted, su hermano, fue corriendo hasta las recreativas al mismo tiempo que Esther salió de la cafetería seguida por Sarah. Cuando estuvieron fuera Esther le dijo:

- Ve a la tercera planta, allí está nuestro servicio médico. Te estarán esperando para realizarte el chequeo.

- ¿El chequeo?

- ¡Oh! Si querida, es algo rutinario al llegar aquí, pero no te preocupes, no habrán agujas. ni te dolerá.

Le costó bastante encontrar las consultas, ya que la única indicación era “Ve a la tercera planta”, pero el edificio era grandísimo y no estaba señalizado. A ratos se encontraba perdida. Pero al fin, llegó. Un hombre con gafas redondas y bata blanca dijo al verla entrar:

- Tu debes de ser...

- ¡Sarah! - Se apresuró a decir ella. No le gustaba que los desconocidos le recordaran su propio nombre, y esos días ya le había pasado demasiadas veces.

- ¡Claro, Sarah! Ven, ponte este camisón y siéntate aquí. -mientras se vestía detrás del biombo, el doctor le fue explicando el procedimiento- Voy a hacerte algunas preguntas para elaborar tu ficha. Todos aquí tenemos una. Es como nuestro historial médico. Así tenemos toda la información en caso de que ocurra algo.

Sarah se sentó en lo que parecía un sillón como los que usan los dentistas y el médico empezó.

- ¿Tienes alguna enfermedad grave?

- No.

- ¿Alergias?

- No.

- ¿Alguna operación?

- Me operaron de apendicitis a los diecisiete. Nada más.

- ¿A qué edad tuviste tu primera relación sexual?

- A los quince.

- ¿Has tenido alguna vez alguna enfermedad de transmisión sexual?

- Gonorrea. Un par de veces.

- ¿Estás embarazada o sospechas que puedes estarlo?

- ¡No, gracias a Dios!

El médico levantó su vista del papel que sostenía, donde iba apuntando las respuestas, y la miró un momento por encima de sus gafas. Ahora, fijando su mirada en los ojos de Sarah, le preguntó:

- ¿Te han pasado alguna vez cosas extrañas?

- ¿Extrañas? ¿Como qué?

- Alucinaciones auditivas o visuales.

- Bueno -dejó pasar un pequeño intervalo de tiempo para respirar profundamente y continuó- He tomado muchas drogas en los últimos años. Supongo que he tenido momentos, mientras estaba drogada, en los que tuve alucinaciones...

- Pero ¿Solo cuando estabas drogada?

- Sí, estando serena nunca he tenido ninguna.

- Entonces ¿Qué consumias? ¿Llegaste a depender de alguna?

- Bueno, hubo un tiempo en el que tomaba mucha cocaína y algunas pastillas. Probé de todo, pero esas eran las más habituales. Una vez pasé tres días colocada y fuera de casa. Cuando volví, no encontré a mi hermano. Pensé que algo le había pasado por mi culpa. Al final resultó que una vecina lo estuvo cuidando todo el tiempo. Pero dejé las drogas completamente, por él.

- Hmm. -Asintió el médico sin parecer darle mucha importancia y anotando algo en sus papeles. - Muy bien, ya casi está. Ahora necesito que mires esa pantalla - Dijo señalando una pared blanca-. Yo volveré en cuanto termine. - Le puso unas gotas en los ojos y se fue.

La dejó sola en la habitación. De repente, las luces se apagaron. De los reposabrazos de aquel sillón de tortura, salieron unos grilletes que la agarraron fuertemente de los brazos. Lo mismo en sus piernas y cabeza. En la pared blanca empezaron a proyectarse imágenes. Sarah estaba muy asustada. La mordaza le impedía gritar. Tampoco podía cerrar los ojos, seguramente por el efecto de las gotas que le acababan de poner. Pero al rato, dejó de luchar y empezó a ver la proyección.

Al principio eran imágenes absurdas. Quizás hasta cómicas. Gente tropezando, dándose golpes, peleando... Pero, poco a poco, el nivel subió. Aparecieron imágenes bélicas, bombas, destrucción, hambre, miseria y muerte. Sin darse cuenta, aquellas imágenes la rodearon. La habitación se fue difuminando. Ya no estaba viendo una proyección. Se vio dentro de todo aquello, como si fuese la protagonista de la película. Apareció con el camisón en medio del fuego cruzado. El sonido de las metralletas era ensordecedor. Las bombas caían a lo lejos. Echó a correr gritando y derramando un sin fin de lágrimas. Si aquello continuaba iba a terminar por enloquecer.

De repente la escena cambió. Sus pies tropezaron con algo y cayó de bruces. Al levantarse, se vio rodeada de niños esqueléticos llorando con su madre muerta en una silla. A trompicones quiso salir de allí.

Abrió una puerta, estaba en un bosque quemado, lleno de ceniza y cadáveres de animales. El paisaje a su alrededor era desolador, presidido por un cielo gris.

Corrió sin rumbo hasta que apareció en medio de un hospital de leprosos. Solo veia y oia el dolor de aquellas personas llenas de vendas y miembros amputados. Sus piernas no le respondieron. Cayó al suelo de rodillas. Se cubrió la cara con las manos, esperando que al quitarlas, todo hubiese pasado. Cuando lo hizo estaba de nuevo en la habitación.

La banda sonora de aquella horrible película era “El Rito de la Primavera” de Igor Stravinsky. Entonces le invadieron unas ganas terribles de vomitar. Se contuvo, aunque lloraba como nunca lo había hecho. Ni siquiera cuando su padre le pegaba y su madre hacía como que no lo veía. Ahora recordaba todo aquello. Era como si estuviera de nuevo en su casa, escuchando a su padre violar a su madre una vez más. De repente, todo cesó, la proyección se quedó en negro.

Una retahíla de palabras comenzaron a aparecer delante de sus ojos en diferentes formas y colores. Iban demasiado rápido, por lo que no podía leer ninguna. Pero notaba como recomponían su cerebro, después de sentir que estallaba en mil pedazos por la experiencia anterior.

Empezó a oír el canto de unos pajarillos. Al principio era tan suave e imperceptible que no sabía si era real o volvía a estar dentro de otra película. Pero esta vez todo era diferente, no sentía el pavor anterior. El canto empezó a crecer inundando la habitación y su corazón. La felicidad invadía cada rincón de su ser. Todo lo que le rodeaba era verde como en un bosque. La temperatura era ideal. Sentía la brisa en su cara, su pelo ondeaba al viento. Olvidó donde estaba y se sumió en el éxtasis que le proporcionaba aquella experiencia. El sonido del agua que corría por un pequeño riachuelo relajó sus músculos. El entorno fue añadiendo nuevos elementos: se le acercaron pequeños animalillos de varias especies acariciándola; gente de amable sonrisa le contagió su felicidad; parejas bailaban despreocupadamente al son de los pájaros. Esta vez solo le rodeaban imágenes llenas de amor... Todo era perfecto.

Poco a poco, la experiencia se fue difuminando, pero a ella le quedó aquella cálida sensación en el corazón que nunca olvidaría. Se levantó de la silla 
 y salió por la puerta. No recordaba los grilletes, la mordaza, ni cuando la habían soltado. Supo el camino que debía tomar. No solo en aquel complejo, sino en su vida. Sabía que ahora aquella era su vida, y se sentía afortunada. Salió a una especie de patio interior, donde todos estaban esperándola. Había una gran pancarta en la que se podía leer “Bienvenida Sarah”. Aquello era una fiesta en su honor, todos fueron a abrazarla mientras cantaban y bailaban. Su antigua vida ahora parecía la de otra persona a la que nunca había conocido.

Semanas después (las más felices de su vida), en la ya habitual reunión con sus hermanos y hermanas, llegó aquel hombre con traje que apareción un día en un lujoso coche para cambiar su vida. Nada más llegar, mandó a todos salir de la habitación excepto a ella. Sarah se le abrazó en cuanto estuvieron solos y entre lagrimas le dijo:

- Le doy gracias a Jehová por haberme puesto en su camino. Y le doy gracias a usted por convertirme en la mujer más feliz del mundo.

- Sarah, no fué Jehová el que te puso en mi camino. Yo te busqué. Y ahora necesito que cumplas la misión por la que te traje aquí.

- Cualquier cosa por el hombre que cambió mi vida de pecado ,por esta nueva llena de luz.

Aquel hombre sacó una carpeta. Dentro de ella habian fotos de un joven. A Sarah le pareció bastante atractivo, pero se quitó rápidamente ese pensamiento de la cabeza.

- Tienes que encontrar a este hombre. Será fácil, esta es su dirección. - Dijo señalando un párrafo en uno de los papeles que había en la carpeta. - Cuando consigas hablar con él, dale este panfleto.

Era uno de los panfletos típicos que había visto y leído mil veces en el tiempo que estaba allí. Nada especial, pero al sacarlo de la carpeta, aquel hombre le mostró también un colgante.

- Póntelo cuando vayas a verlo, es muy importante.

Era una bonita joya. Una cadena fina de oro blanco, rematado con una perla con un reflejo verde en su interior.

- ¿Cuándo debo ir? - Dijo Sarah.

- Esta noche.

La casa de aquel joven era un bunker. - El miedo esclaviza a la gente estos días. - Pensó Sarah. Llamo al timbre y al poco tiempo, el joven de las fotos apareció tras la puerta.

- Buenas noches señor, espero no molestarle, me llamo Sarah ¿Es usted feliz? Vengo a dejarle estos folletos de mi iglesia para que les eche un vistazo. A mi me han cambiado la vida. Yo antes estaba siempre en los suburbios vendiendo mi cuerpo y consumiendo todo tipo de drogas. Hasta que un día se cruzó en mi camino un Testigo de Jehová y me dijo que fuese a su iglesia para hablar sobre la vida, Dios y el futuro ¿Y si mañana, al despertar, todos sus problemas hubiesen desaparecido?

Sin decir más, Sarah dió media vuelta. Un par de pasos, y oyó la puerta del bunker cerrarse tras ella. El chico no había dicho ni una palabra y ella había cumplido su misión al pié de la letra, pero se sentía fatal. Como cuando acababa de follarse a cualquier viejo borracho. Era una sensación que casi había olvidado. Agobiada por esos recuerdos, vomitó. La culpabilidad golpeaba su corazón. No sabía por qué, pero temió por el joven al que acababa de hablarle. Salió de allí corriendo tan rápido como pudo.

Algo había cambiado en ella la mirada de ese chico.

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