Ni en los viejos tiempos, en los que los coches eran la normalidad, Guy se había subido a uno de esta gama. Sin duda tenía que haber pertenecido a algún millonario local. Tenía todos los extras y seguramente varios caprichos más. Reguladores de intensidad de las luces, techo retráctil, minibar (aunque sólo permitía arrancar después de soplar un alcoholímetro), asientos con calefacción, pintalabios de cinco colores diferentes, lunetas que cambian de color según la luminosidad exterior, neumáticos adaptables a cualquier situación climática, vapeadores con sabores creados por chefs con estrella Michelin, mini-microondas y un sinfín de chorradas la buena persona rica por excelencia querría tener en vehículo...
El ocaso de otro día estaba llegando. Guy estaba cansado, tenía que tomar algo para despertarse o acabaría en una cuneta. Demasiadas cosas extrañas en muy poco tiempo. Soltó una mano del volante y se puso a buscar en la mochila que tenía en el asiento del copiloto. Allí estaba, sacó la botella y dio un trago.
Enchufó las luces. La carretera era angosta y el sol se estaba escondiendo detrás de las montañas. No se había cruzado con nadie en todo el recorrido. De pronto, reno entró caminando apaciblemente en la carretera. Dió un volantazo, y consiguió esquivarlo. Con el susto en el cuerpo, bajó la velocidad y se dijo a sí mismo:
- ¿Estamos en Navidad? Juraría que tenía una luz roja en la nariz. Maldito Rudolph y malditos centros comerciales que no controlan dónde dejan su publicidad.
No pasó mucho tiempo, cuando le pareció ver otra cosa a la orilla de la carretera. Pensó que sería un autoestopista más, sin caer en la cuenta de que la única persona que había visto en los dos últimos días era su abuela. Pero al pasar por su lado, se dió cuenta de quien era. Echó marcha atrás y paró.
- ¡Bob! ¿Qué demonios haces aquí?
Guy abrió la puerta, y este subió al coche. Iba vestido como siempre. Ese olor inconfundible a tabaco fumado en una vieja pipa de madera; el sombrero marrón al más puro estilo Sherlock Holmes; una elegante americana de pana con su nombre bordado “Robert V.”... Pero esta vez había una nota discordante... ¡Llevaba unas bermudas con un estampado de flores!
- Cazando en manada, ¿Tú que crees? Pero ya que has llegado, podríamos ir a un restaurante, porque las manadas de un solo individuo tienen pocas posibilidades de éxito. ¡Oh,vaya! Veo que este coche tiene minibar con todo tipo de bebidas caras... Me tomaré un whisky, ya que no hay ninguna destilería cercana que atracar.
- Aprovecha, que tú no vas a conducir. Mientras, buscaré algún lugar para comer.
Recorrieron varios kilómetros hasta encontrar un restaurante. El parking estaba lleno. Por un momento pensaron que tal vez podían encontrar a alguien. Guy aparcó al lado de un grupo de motos.
- Vamos a ver que nos han preparado. Estoy hambriento - dijo Bob mientras se relamía los labios.
Aquello estaba desierto. Un fuerte olor a comida golpeó sus pituitarias al abrir la puerta. La comida parecía llevar dos días preparada, pero seguro que algo se podría salvar.
- ¿Qué te apetece Bob? Yo quiero carne de ternera y un buen plato de patatas fritas.
- ¿Tu crees que habrá algún feto humano cocinado al vapor con unas hojitas de laurel?- Guy miró al velociraptor, subiendo una ceja- Tengo un antojo, ¿Qué le voy a hacer?
- ¿Sabes? Yo ya conozco tu humor, pero si un día te oye alguien, creo que estarás en un buen lío.
- ¿Y qué van a hacerme Guy? ¿Meterme en el zoo? A mi edad ya nada me asusta. Llevo muchos años dando tumbos por el mundo. Además, el humor es la base de la vida, y sabes que me gusta como el café: negro y sin edulcorar.
Llenaron sus bandejas con la comida que parecía estar en mejor estado. Cogieron dos botellas de vino, sacaron una mesa al parking y se dispusieron a darse un festín bajo las estrellas. Bob siguió con la conversación:
- Hablando de zoos. ¿Te acuerdas de la joven testigo de Jehová? Creo que deberías ir a verla.
- Pero he quedado con Kristian para que me explique qué está pasando. Necesito algo de luz en medio de todo esto. Después ya la buscaré.
- Como quieras. Tú eres el jefe. Pero no te olvides de ella. Me da que es una de las piedras angulares de esta nueva realidad.
El silencio llenó unos segundos la escena.
- Por cierto -continuó Bob- no sé del todo que ha pasado. Sé que no es muy correcto lo que voy a decir, pero me gusta que algo así de radical haya sucedido. Empezaba a cansarme de esta sociedad individualista y vacía. Recuerdas aquella canción:
"And in the naked light I saw
Ten thousand people, maybe more
People talking without speaking
People hearing without listening"
Ten thousand people, maybe more
People talking without speaking
People hearing without listening"
»Algo tenía que acabar con eso. ¿Hacia dónde nos dirigíamos? Cada uno pensando solo en si mismo, llenando horas de charlas insulsas y sin sentido.
- Tienes razón. Pero creo que la intención de quien o quienes han hecho esto no era esa. Bueno Bob, creo que va siendo hora de irnos. Aquí está todo muy tranquilo, y solo por eso, ya hay motivo para andarse con cuidado.
- Como quieras. Yo seguiré deambulando un rato por ahí ¿Qué crees que pensaría Kristian de mi? No creo que haya visto muchos como yo en su vida. Mejor nos vemos en otro momento. Cuídate, y recuerda visitar a la chica que fue a tu casa.
Guy subió al coche, metió la llave en el contacto y emprendió de nuevo la marcha. Quedaban poco más de cincuenta kilómetros hasta el punto donde le indicaba que tenía que dejar el coche y seguir el camino andando. En ese momento reparó en un dato que no había visto al salir del bunker de su abuela:
"Cuando llegues al punto en que debes continuar a pie, pon una piedra pesada en el acelerador del coche y deja que este caiga por el acantilado. No queremos que nada haga indicar que puede haber vida cerca."
Después de media hora llegó al punto marcado. Buscó la roca más grande que podía mover, puso primera y dejó que el coche siguiese a su fatal destino.
- Una verdadera pena. Eras un gran coche - dijo en voz alta despidiéndose del vehículo.
Se colocó bien la mochila y comenzó a subir la ladera por donde le indicaba el gps.
“Sube 50 metros en línea recta a partir de la señal de “límite 50”; gira a la derecha en el abeto solitario con el que tropezarás; bordea el saliente; pasa entre las dos rocas gemelas; escala la pequeña pared del fondo; atraviesa el bosque de encinas; cuando llegues a una roca cubierta de musgo, nada más salir del bosque, sitúa tus dos pies sobre la piedra cuadrada del suelo que verás justo delante; pulsa la luz roja que se iluminará delante de ti; pasarán unos segundos mientras escaneamos la seguridad de tu teléfono; si todo está correcto llegará un mensaje a tu móvil, introduce los dígitos en el panel que aparecerá justo debajo de la luz roja.”.
Cuando atravesó el bosque, realizó los pasos que le habían indicado. Sonó su móvil, abrió el mensaje y un listado con veinticinco dígitos escritos en grupos de cinco aparecieron en su pantalla. Los tecleó y dió un paso atrás.
La luz roja se volvió verde y la roca comenzó a abrirse. Detrás de ella, algo parecido a un ascensor le esperaba. Miró detrás de él por si alguien le había seguido y se adentró en la montaña.
- Bienvenido Guy, empezábamos a pensar que te podría haber pasado algo. ¡Bajamos!- dijo una voz a través del altavoz, la cual parecía ser de Kristian, mientras el ascensor comenzaba a moverse.
El contador bajaba a una velocidad endiablada. Guy se puso algo nervioso. El único ascensor que utilizaba con frecuencia era el de la empresa. Pero era la antítesis. Podrías conocer a alguien en el primer piso, tener hijos y cuando se graduasen en la universidad, estarías llegando a la novena planta.
- Paré en un restaurante a comer algo. Oye, ¿Es normal esta velocidad?
- Tranquilo. Es un ascensor totalmente seguro. En cinco segundos estarás en nuestra planta.
Mientras acababa la frase se paró en la planta -47. Se abrieron las puertas, llenándose de incredulidad el rostro de Guy. Lo que se abría ante él, tenía tales dimensiones, que ni la película de Hollywoood con mayor presupuesto, osaba imaginar. Y más aún, sabiendo que lo habían construído entre amigos.
- Ya estás aquí - dijo Kristian sonriendo- Te presento a mis compañeros: Szölôsi de Hungría, Karla de Dinamarca, Namir de Palestina y Fethawi de Eritrea. Os presento a Guy, mi amigo y compañero de trabajo. Nos tomaremos unos minutos de descanso, así le ponemos al día y le mostramos lo que hemos descubierto.
- Gracias, porque todo esto me tiene desconcertado. Y así, de paso, me contais como gente de tan dispares nacionalidades acaba juntándose y creando esto.
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