lunes, 16 de julio de 2012

Capítulo 3


Kristian Dresner era la definición exacta de paranoico. Estaba obsesionado con la seguridad, y tenía la total confianza de que alguien le espiaba. Su bunker podría pertenecer perfectamente a cualquier jefe de estado. Había cámaras por todos los alrededores de la casa y micrófonos en cada matorral. A su vez, estaba conectado a una central de vigilancia que llevaban entre varios amigos, donde podían ver cada rincón de la ciudad.

Su infancia había sido de lo más peculiar. Cansado de que siempre le quitaran el dinero del desayuno, y acabar con los pantalones bajados en medio del patio, comenzó a interesarse por la seguridad informática. Al principio solo se colaba en los ordenadores de los vecinos y pequeños juegos parecidos. Pero pensó que podría utilizar sus habilidades para devolver la jugada a los que se reían de él en el colegio. Se introdujo en el sistema informático de su colegio y cambió las notas de los que habían estado haciéndole la vida imposible. Pensó en subir las suyas, pero no le hizo falta. Tenía las más altas de la clase.

Como todos los dias, Kristian estaba repasando todas las cámaras dos horas antes de ir al trabajo. Pero esta vez algo no iba bien, había visto varios movimientos extraños. Observo, como de costumbre, a la gente llenar las calles para ir al trabajo. Pero, segundos después, unos destellos de luz en diferentes puntos, hicieron que varias cámaras dejasen de dar imágenes nítidas. Cuando estas volvieron a un enfoque perfecto, las calles estaban desiertas.

Llamó a su mejor amigo. Eran compañeros de trabajo, aunque trabajaban en diferentes departamentos, uno en contabilidad y el otro en informática. Kristian no tenía muchos amigos, pero de entre ellos, Guy era el que se podía llevar el título de “mejor amigo”.

Por cuestiones de seguridad, no solía usar mucho el teléfono, pero esto parecía una emergencia. No respondía nadie, así que esperó a que saltara el contestador y dijo:

- Colega ¿estás despierto? No salgas de casa, algo jodidamente raro está pasando. He mirado por las cámaras y en la que tengo enfocada a la calle principal he visto una luz cega... 

Saltó la alarma. Eso significaba que había alguien merodeando cerca de su bunker. Miró todas las cámaras. En la zona externa había mucho movimiento. Avanzaban rápido. Ni sus extremas medidas de seguridad estaban funcionando correctamente.

¡Ya estaban en la puerta principal! No sabia describir exactamentes quienes o que eran, pero una cosa estaba clara: habían entrado dentro del perímetro de emergencia de la casa. Tenía que reaccionar rápidamente o no lo contaría. Cogió un disco duro externo con todos los archivos más importantes, tecleó el código secreto y pulsó el botón para iniciar la cuenta atrás de autodestrucción del bunker. Mientras, se abría el pasadizo que construyó hace tanto tiempo y que nunca hubiera deseado utilizar. Este conectaba con una pista de aterrizaje, en un pequeño valle inaccesible. Allí guardaba un avioneta uniplaza, construida con sus propias manos e indetectable para cualquier radar.

Limpió la zona de despegue y quitó los matorrales que cubrían el vehículo. De repente, un fuerte movimiento sacudió el lugar. El protocolo de autodestrucción parecía haber funcionado a la perfección. El lugar donde había vivido los últimos años estaba haciéndose añicos. Le vinieron muchos recuerdos de aquella casa, pero no podía perder ni un segundo más en sentimentalismos, la montaña podía resquebrajarse en cualquier momento. Abrió la puerta de la avioneta, encendió los motores y se dispuso a salir de allí.

El sitio a donde iba estaba algo lejos. Su extrema precaución le hacía tomar las máximas medidas de seguridad y la avioneta era la mejor opción.

Era meticuloso hasta para elegir la música, pulsó play en su reproductor y sonó “He thought of cars” de Blur. Una canción muy adecuada para la ocasión.

Sonó el teléfono. Pulsó el botón de manos libres en el cuadro de mandos de la avioneta. Era su amigo Guy Wibbenmeyer:

- Kristian, ¿Estás bien? ¿Qué diablos le está pasando al mundo? He visto tarde tu mensaje. Ya había ido al trabajo y vuelto. No había nadie en la calle. ¿Dónde estás? Yo vine a ver a mi abuela. No entiendo nada. Han pasado tantas cosas por mi cabeza, que hasta estoy pensando en que los Testigos de Jehová tienen algo que ver. 

- Creo que tengo algunas respuestas. Tienes que venir al centro de control. Allí me reuniré con varios compañeros, y espero averiguar algo más sobre lo que está pasando. Ahora te enviaré un plano a tu móvil. Protégelo con tu vida. El lugar es ultra secreto. Con el te enviaré un código y los pasos que tienes que dar para poder entrar - Dijo Kristian mientras enviaba los archivos.

- Pero, ¿Puedo llegar con mi triste bicicleta?

- No creo, necesitas algo que pueda llevarte más lejos y rápido. Sal a la calle y elige el medio de transporte que más te guste. Seguro que sus dueños ya no lo echarán de menos.

Guy se despidió de su abuela. Intentó convencerla de que le acompañara. Su bunker ya no era un lugar seguro, pero ella le dijo:

-Cariño... sé que algo raro está pasando, pero este es mi lugar. Debo quedarme exactamente aquí. No te preocupes por mi. Los dos tenemos cosas que hacer.

Sin entender demasiado lo que acababa de oír, Guy dio un sentido abrazo a su abuela, salió de la casa-bunker por la puerta de emergencia, cogió el segundo coche que encontró (no le gustó el color del primero, por alguna razón que no recordaba desde pequeño siempre había detestado el azul turquesa) y, siguiendo el plano que había recibido en su móvil, partío hacia su destino.

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