De vuelta al comedor vio que tenía mensajes en el contestador. Todo un record: el número ascendía a la friolera de dos. Pero llegaba tarde al trabajo, así que esa información guardada en el aparato, debía esperar. Abrió el armario de la habitación en busca de aquel viejo traje protector lleno de remiendos. Se lo enfundó sin saber muy bien si aguantaría el calor que azotaba la zona desde hacía unos años. Hinchó las ruedas de su destartalada bicicleta, y se puso rumbo al trabajo.
Las calles estaban desiertas.
- Tiene que haber algún partido de curling en alguna parte del mundo. Si no, no se explica que no haya nadie - dijo Guy en soledad.
Minutos después, llegó a su trabajo. Era un edificio que perfectamente podría haber sido diseñado por algún arquitecto de la antigua URSS. Diez plantas de macizo cemento gris. Ventanas cuadradas dibujando una simetría que campaba a sus anchas por aquella triste fachada. Sin duda no pensaron en motivar a sus trabajadores mientras lo estaban construyendo.
Él era contable de la mayor empresa de goma de mascar de la ciudad. Eran buenos tiempos para el negocio. Cada niño llevaba llena la mochila con el “pack del buen mascador”. Todo un arsenal de sabores de larga duración, con un recipiente para depositar el chicle durante las comidas, sin que este perdiera sus facultades.
Cruzó la puerta principal. Echó de menos el alegre saludo que siempre tenía para él Mr. Wager, el risueño conserje de la empresa. Subió al ascensor. Novena planta. Fue a su cubículo sin cruzarse con nadie. Nada más llegar, algo perplejo, comprobó el día en el calendario.
- Si no fuera por la fiabilidad de estos calendarios digitales, juraría que es domingo y soy el mayor idiota de la tierra por venir a trabajar. Entonces, un primer pensamiento le vino a la cabeza: Como no está el jefe por aquí, me voy a comprar tabaco.
Guy volvió a bajar las nueve plantas, y se dirigió al estanco más cercano. La puerta estaba abierta, pero no encontró a nadie. Muy mosqueado cogió un paquete de cigarrillos del mostrador y dejó el dinero exacto sobre el cristal. Antes de irse se paró y pensó en voz alta:
- No voy a ser un pardillo, no pienso pagar estos caramelos - Espetó mientras cogía dos paquetes para equilibrar su karma.
Al salir del estanco, decidió que no iba a volver al trabajo. Aquello ya no era normal. Así que se dirigió de nuevo al bunker al que llamaba hogar.
Sin más tráfico que alguna lata de refresco tirada, llegó a casa en muy poco tiempo. Cerró la puerta y tiró la bici a un lado. Fue directo al teléfono, para ver si podía lograr encontrar a alguien que le explicara lo que sucedía. Al verlo, recordó los dos mensajes del contestador.
El primero era de su abuela:
¿Guy? ¿Guy? ¿Estás por ahí? Soy yo, tu abuela. Bueno, solo quería saber cómo estás. Hace mucho tiempo que no me visitas, y tengo ganas de verte. A ver si encuentras un momento en ese trabajo tan raro en el que estás, y me das una alegría. Tu abuela te tendrá preparadas unas deliciosas galletitas, de esas que tanto te gustan. Un beso.
Tiene toda la razón, la tengo algo abandonada con toda la mierda que llevo encima últimamente. Y echo de menos esas galletitas, se dijo.
Pulsó el botón para oír el siguiente mensaje:
Colega ¿estás despierto? No salgas de casa, algo jodidamente raro está pasando. He mirado por las cámaras y en la que tengo enfocada a la calle principal he visto una luz cega...
El mensaje se cortaba ahí. Guy comenzó a ponerse nervioso. El segundo mensaje era de un compañero de trabajo, algo paranoico, con el que Guy quedaba alguna vez. La imagen de su abuela le vino a la mente y decidió que era el momento ideal para ir a verla. Era la única familia que le quedaba.
Fue a su habitación y llenó la mochila con lo que creía necesario para su próxima supervivencia: pijama, ropa interior, camisetas, un pantalón, una botella de agua y aquellos caramelos cortesía del estanquero. Desconectó todos los aparatos electrónicos, quitó la luz y el agua, cogió la bicicleta y puso rumbo a la casa-bunker de su abuela.
El mismo paisaje desértico le acompañó, no había ni un alma en la calle, aunque todo continuaba en el mismo sitio.
Sin darse cuenta comenzó a canturrear:
“Same old song, just a drop
of water in an endless sea
all we do, crumbles to the ground
though we refuse to see.
Dust in the wind, all we are
is dust in the wind.”
Nada más llegar, fue recibido con un fuerte abrazo.
- Estás muy delgado. Te he dicho miles de veces que tienes que alimentarte bien, y más con este calor que hace ¿Has salido a la calle con ese traje? ¡Vete a la habitación y ponte algo decente enseguida! - dijo ella, desempeñando el papel de abuela a la perfección.
Guy fue a la habitación sin rechistar. Le tenía mucho respeto, y no tenía ganas de discutir. Abrió la mochila, se puso lo primero que encontró y entonces notó que tenía algo en el bolsillo izquierdo. Sacó un papel y leyó:
“¿Y si mañana, al despertar, todos sus problemas hubiesen desaparecido?”
No hay comentarios:
Publicar un comentario