El universo es un lugar absurdo. Algunos buscan el sentido a su existencia. Hay planetas de lo más extraño, poblados con seres curiosos que cuando comienzan a tener un mínimo de inteligencia, se empiezan a hacer las mismas preguntas; ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Hemos llegado ya? ¿Falta mucho?. Pero los perros no. Hay un planeta poblado sólo con perros y es el lugar más feliz del mundo. (Este es un hecho constatado por la Asociación Universal de Notarios Absurdos). La ignorancia es la felicidad, y Cass lo sabía. LO SABÍA. Pero era un temerario.
Cuando Cass apenas era un cachorrillo, cogió su maleta llena de sueños y se puso a viajar por los planetas en busca de nuevas aventuras. Es evidente que él no tenía como destino final [lease que no es un guiño a la película, así que abogados de Hollywood absténganse de denunciarnos] la Tierra. Pero cuando se iba a comprar un billete, tuvo que decidir entre un destino más agradable y quedarse con hambre, o comprarse unas barritas de chocolate de la marca “Perro Ladrador, Poco Mordedor”, que sin duda, esas eran sus favoritas. Así que después de la inversión en vicio goloso, tan sólo tenía dinero para comprarlo dirección la Tierra. Todo lo que le pasó hasta acabar con el señor Finch daría para una trilogía a parte... Pero de momento, lo dejaremos en incógnita. [Por la compra de tres unidades del libro de Robert V. pueden adquirir la trilogía de Cass gratuitamente en su hogar]
Por otra parte, Leon Finch era un otorrinolaringólogo de 37 años que una buena madrugada, mientras paseaba a su perro por el parque, cayó inconsciente y despertando rodeado de un montón de gente que no tenían la menor idea de donde estaban.
Poseía una cuenta en el banco que muchos la quisieran, ya que era funcionario desde hacía doce años. Pero todo lo bueno tiene su parte mala, y es que el estrés de su trabajo no le dejaba dormir como a las personas normales. Por causa de las continuas variaciones de temperatura de la zona, sus habitantes padecían frecuentes molestias auriculares y eso, sumado a la escasez de personal sanitario debido a los últimos recortes, hacía que su jornada laboral muchos días pudiese ser calificada de inhumana y abusiva. Hasta que un día, desesperado por esa rutina anormal, acogió en su hogar a un perro para que le acompañara en su nocturna soledad.
Cerca de su casa había una gran zona verde. Lo de “zona verde” era un decir, porque el motivo de esas molestias, era también la causa de que la vegetación fuera casi inexistente. A grandes rasgos estaba conformada por una extensa área de césped color paja en la que, ocasionalmente, se encontraba algún árbol esquelético y deforme que se resistía a caer en el olvido. Pero esto era lo más parecido a un parque al que podía llevar a Cass. Al fin y al cabo los dos conseguían lo que querían. Leon se relajaba caminando sobre el manto amarillento y su nuevo amigo tenía vastas extensiones para correr, jugar, defecar, intimar con otras hembras...
La verdad es que el lugar no invitaba a recorrerlo, y menos a esas horas intempestivas. Su madre siempre le insistía en que no fuera por allí. Él siempre le contestaba: “Sí madre, ¿Qué nos va a pasar? ¿Nos abducirán los extraterrestres? O mejor aún, seguro que nos viene un exhibicionista con su gabardina gris a enseñarnos sus calzoncillos de ositos...”
Quién lo iba a decir… Ahora echaba de menos esos amarillentos retazos de naturaleza. En el sitio donde se encontraba solo podía ver metal. Suelo metálico. Paredes metálicas. Techo metálico. Incluso la voz de toda aquella gente tenía una resonancia metálica.
Había gente por todos lados. Esa era otra de las cosas que odiaba de su trabajo: la gente. Cuando decidió hacerse médico pensó que estaría bien pasar el día con cadáveres que no tienen nada que decir, pero la realidad era bien distinta… ¿Quién podría haberse imaginado que iba a tener que tratar con gente viva? Luego decidió escoger la especialidad de otorrino porque le sorprendía que la gente usara tanto la boca, hablando sin decir nada, y tan poco los oídos. Ya nadie se paraba ni tan solo a escucharse a sí mismos. Efectivamente, la mayoría de gente tenía jodidos los oídos, pero también la boca, los ojos, y sobretodo el cerebro. En los tiempos que corrían quedaba poca gente sana del todo.
Así que allí estaba él, encerrado en un sitio bastante desagradable con un montón de gente insana. Al menos Cass estaba con él. De repente un pensamiento le vino a la mente ¿Al final cagó el perro antes de que les secuestraran? Porque si no, se avecinaba una buena. Con tanta gente encerrada allí sin ventilación ni ningún otro sitio al que ir, el dulce aroma a defecación perruna era lo último que necesitaba.
En ese momento sonó una alarma y se abrieron unas trampillas en el techo. La estancia era diáfana y muy grande. Debieron abrirse unas mil compuertas por las que empezó a caer comida. Desde cosas básicas como tarrinas de arroz ya cocinado, frutas o verduras, hasta caramelos en forma de bastones blancos con una línea en espiral roja, cupcakes de colores llamativos o -lo más inquietante- sandías. Sí, caían sandías del techo. Todo aquello dio lugar a una multitud de situaciones cómicas que le hicieron olvidar por unos segundos donde se encontraba: un niño corría perdido con una gran sandía encajada en su cabeza; un señor de rasgos orientales cogía los granos de arroz al vuelo con sus palillos; Cass parecía sacado de la final del mundial de gimnasia rítmica luchando por las mejores piezas de comida...
Después de llenar el estómago se abrió ante él un agujero redondo en el suelo. Leon no sabía si era muy negro o simplemente no se veía el final, pero se imaginó el propósito de este y cuando no tuvo más remedio, soltó su carga allí, rodeado de miles de extraños haciendo lo mismo. Pensó que había muerto y estaba en el infierno.
Una vez satisfechas sus necesidades básicas, empezó a preguntarse las cosas más obvias. ¿Dónde estaba y cómo coño había llegado hasta ahí? Pero parecía que nadie de los allí presentes iba a saber como responderle.
Fue pasando el tiempo, y cada persona iba soportándolo de maneras diferentes: los había que simplemente caían presa del sueño; otros hacían círculos de autoayuda (en este grupo sabía que no iba a participar); algunos daban rienda suelta a sus pasiones más primitivas llenando de olor a sexo la estancia; gente que no había parado de comer desde que empezaron a caer alimentos; y por último estaban los que como Leon, dejaban pasar las horas evadiéndose del entorno en silencio. Al final cayó presa del sueño.
Una algarabía le despertó. Cuando consiguió reaccionar se dio cuenta que unos brazos mecánicos estaban poniendo en fila a la gente. Recordó aquellos documentales de la Segunda Guerra Mundial. Y esas alineaciones nunca llevaban a nada bueno.
Descubrió a donde llevaba esa fila cuando él mismo llegó al final. Lo hicieron entrar en una estancia mucho mejor iluminada y más pequeña. En aquella habitación sólo había una pantalla en la que se podía leer “Siga las instrucciones. Pulse ‘Siguiente’ ”. Leon hizo lo correspondiente. Sólo cuando acabó y estuvo fuera de aquel sitio, se dió cuenta de que le habían hecho un test de inteligencia.
En los sucesivos días los test continuaron. Exigentes pruebas de psicomotricidad; diversas evaluaciones de sus conocimientos generales, en los que se incluía de todo: historia local, nacional y mundial, matemáticas desde sumas y restas hasta el logaritmo neperiano de la constante filarmónica de la orquesta Berlinesa;… Pero un día, al salir de uno de los test, se dio cuenta de que Cass no estaba. Se alarmó un poco, puesto que se podía ver el lugar entero de un solo vistazo. No era la primera vez que Cass corría a los brazos de cualquier extraño que reclamaba su atención, ya fuese mediante algún producto alimenticio o simplemente una buena sesión de caricias, así que se puso en su búsqueda.
Lo encontró fácilmente entre la gente. Mientras lo acariciaba se dio cuenta de un detalle importante. Había muchas menos personas que al principio de su secuestro. Habló con algunas de las que no le habían llegado a caer mal del todo por el simple hecho de existir, y juntos llegaron a una conclusión: Estaban eliminando a los menos aptos. Por una parte se alegró, puesto que le estaban reconociendo como alguien por encima de la media. Pero un escalofrío le recorrió el cuerpo pensando en el motivo final de esa selección y que quizás él no iba a ser el último.
Un día, al salir de uno de los test de rutina, se percató de un pequeño espacio que había entre la puerta y el pasillo de salida. Sin pensarselo dos veces, se arrodillo y, apretándose todo lo que pudo, se coló por un lo que parecía ser el conducto de ventilación, el cual terminaba en un pasillo donde que nunca había estado. Asomando sólo un ojo, vio a dos tipos corpulentos vestidos de uniforme y armados. La luz era bastante tenue pero logró advertir algo extraño en sus caras. De pronto, uno de los dos tipos armados le hizo un gesto al otro y se marcharon hacia el fondo del pasillo. Entonces Leon pudo salir y asomarse a una especie de ojo de buey que había en la pared. Lo que vio cortó su respiración.
En el hilo musical -si, había hilo musical. Quienes fueran sus captores, tenían gusto por la música.- empezó a sonar la que seguramente era la canción más adecuada para ese momento.
Vió oscuridad. Oscuridad moteada por brillantes estrellas, pero lo que más le impactó fue otra cosa, y es que entre todas ellas vió la Tierra. Su propio planeta, pero como nunca antes lo había visto, desde cientos -quizás miles- de kilómetros en el espacio. De pronto Leon se sintió pequeño, tuvo ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Sabía que era un privilegiado por poder ver aquel paisaje. Como todo ser humana siempre había deseado estar en el espacio. Pero a su vez sus ánimos cayeron a sus pies, puesto que su futuro no parecía nada halagüeño.
Ensimismado en aquel paisaje, no se percató de lo peor de la escena. Decenas de cuerpos flotaban sin dirección alguna por el espacio. Cuerpos sin vida. Pero el momento más triste fue cuando, por las ropas, le pareció distinguir al anciano que solía acercarse a acariciar a Cass todos los días. Entonces Leon lloró.
La verdad es que el lugar no invitaba a recorrerlo, y menos a esas horas intempestivas. Su madre siempre le insistía en que no fuera por allí. Él siempre le contestaba: “Sí madre, ¿Qué nos va a pasar? ¿Nos abducirán los extraterrestres? O mejor aún, seguro que nos viene un exhibicionista con su gabardina gris a enseñarnos sus calzoncillos de ositos...”
Quién lo iba a decir… Ahora echaba de menos esos amarillentos retazos de naturaleza. En el sitio donde se encontraba solo podía ver metal. Suelo metálico. Paredes metálicas. Techo metálico. Incluso la voz de toda aquella gente tenía una resonancia metálica.
Había gente por todos lados. Esa era otra de las cosas que odiaba de su trabajo: la gente. Cuando decidió hacerse médico pensó que estaría bien pasar el día con cadáveres que no tienen nada que decir, pero la realidad era bien distinta… ¿Quién podría haberse imaginado que iba a tener que tratar con gente viva? Luego decidió escoger la especialidad de otorrino porque le sorprendía que la gente usara tanto la boca, hablando sin decir nada, y tan poco los oídos. Ya nadie se paraba ni tan solo a escucharse a sí mismos. Efectivamente, la mayoría de gente tenía jodidos los oídos, pero también la boca, los ojos, y sobretodo el cerebro. En los tiempos que corrían quedaba poca gente sana del todo.
Así que allí estaba él, encerrado en un sitio bastante desagradable con un montón de gente insana. Al menos Cass estaba con él. De repente un pensamiento le vino a la mente ¿Al final cagó el perro antes de que les secuestraran? Porque si no, se avecinaba una buena. Con tanta gente encerrada allí sin ventilación ni ningún otro sitio al que ir, el dulce aroma a defecación perruna era lo último que necesitaba.
En ese momento sonó una alarma y se abrieron unas trampillas en el techo. La estancia era diáfana y muy grande. Debieron abrirse unas mil compuertas por las que empezó a caer comida. Desde cosas básicas como tarrinas de arroz ya cocinado, frutas o verduras, hasta caramelos en forma de bastones blancos con una línea en espiral roja, cupcakes de colores llamativos o -lo más inquietante- sandías. Sí, caían sandías del techo. Todo aquello dio lugar a una multitud de situaciones cómicas que le hicieron olvidar por unos segundos donde se encontraba: un niño corría perdido con una gran sandía encajada en su cabeza; un señor de rasgos orientales cogía los granos de arroz al vuelo con sus palillos; Cass parecía sacado de la final del mundial de gimnasia rítmica luchando por las mejores piezas de comida...
Después de llenar el estómago se abrió ante él un agujero redondo en el suelo. Leon no sabía si era muy negro o simplemente no se veía el final, pero se imaginó el propósito de este y cuando no tuvo más remedio, soltó su carga allí, rodeado de miles de extraños haciendo lo mismo. Pensó que había muerto y estaba en el infierno.
Una vez satisfechas sus necesidades básicas, empezó a preguntarse las cosas más obvias. ¿Dónde estaba y cómo coño había llegado hasta ahí? Pero parecía que nadie de los allí presentes iba a saber como responderle.
Fue pasando el tiempo, y cada persona iba soportándolo de maneras diferentes: los había que simplemente caían presa del sueño; otros hacían círculos de autoayuda (en este grupo sabía que no iba a participar); algunos daban rienda suelta a sus pasiones más primitivas llenando de olor a sexo la estancia; gente que no había parado de comer desde que empezaron a caer alimentos; y por último estaban los que como Leon, dejaban pasar las horas evadiéndose del entorno en silencio. Al final cayó presa del sueño.
Una algarabía le despertó. Cuando consiguió reaccionar se dio cuenta que unos brazos mecánicos estaban poniendo en fila a la gente. Recordó aquellos documentales de la Segunda Guerra Mundial. Y esas alineaciones nunca llevaban a nada bueno.
Descubrió a donde llevaba esa fila cuando él mismo llegó al final. Lo hicieron entrar en una estancia mucho mejor iluminada y más pequeña. En aquella habitación sólo había una pantalla en la que se podía leer “Siga las instrucciones. Pulse ‘Siguiente’ ”. Leon hizo lo correspondiente. Sólo cuando acabó y estuvo fuera de aquel sitio, se dió cuenta de que le habían hecho un test de inteligencia.
En los sucesivos días los test continuaron. Exigentes pruebas de psicomotricidad; diversas evaluaciones de sus conocimientos generales, en los que se incluía de todo: historia local, nacional y mundial, matemáticas desde sumas y restas hasta el logaritmo neperiano de la constante filarmónica de la orquesta Berlinesa;… Pero un día, al salir de uno de los test, se dio cuenta de que Cass no estaba. Se alarmó un poco, puesto que se podía ver el lugar entero de un solo vistazo. No era la primera vez que Cass corría a los brazos de cualquier extraño que reclamaba su atención, ya fuese mediante algún producto alimenticio o simplemente una buena sesión de caricias, así que se puso en su búsqueda.
Lo encontró fácilmente entre la gente. Mientras lo acariciaba se dio cuenta de un detalle importante. Había muchas menos personas que al principio de su secuestro. Habló con algunas de las que no le habían llegado a caer mal del todo por el simple hecho de existir, y juntos llegaron a una conclusión: Estaban eliminando a los menos aptos. Por una parte se alegró, puesto que le estaban reconociendo como alguien por encima de la media. Pero un escalofrío le recorrió el cuerpo pensando en el motivo final de esa selección y que quizás él no iba a ser el último.
Un día, al salir de uno de los test de rutina, se percató de un pequeño espacio que había entre la puerta y el pasillo de salida. Sin pensarselo dos veces, se arrodillo y, apretándose todo lo que pudo, se coló por un lo que parecía ser el conducto de ventilación, el cual terminaba en un pasillo donde que nunca había estado. Asomando sólo un ojo, vio a dos tipos corpulentos vestidos de uniforme y armados. La luz era bastante tenue pero logró advertir algo extraño en sus caras. De pronto, uno de los dos tipos armados le hizo un gesto al otro y se marcharon hacia el fondo del pasillo. Entonces Leon pudo salir y asomarse a una especie de ojo de buey que había en la pared. Lo que vio cortó su respiración.
En el hilo musical -si, había hilo musical. Quienes fueran sus captores, tenían gusto por la música.- empezó a sonar la que seguramente era la canción más adecuada para ese momento.
"Cloudless every day you fall upon my waking eyes
Inviting and inciting me to rise
And through the window in the wall
Come streaming in on sunlight wings
A million bright ambassadors of morning"
Vió oscuridad. Oscuridad moteada por brillantes estrellas, pero lo que más le impactó fue otra cosa, y es que entre todas ellas vió la Tierra. Su propio planeta, pero como nunca antes lo había visto, desde cientos -quizás miles- de kilómetros en el espacio. De pronto Leon se sintió pequeño, tuvo ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Sabía que era un privilegiado por poder ver aquel paisaje. Como todo ser humana siempre había deseado estar en el espacio. Pero a su vez sus ánimos cayeron a sus pies, puesto que su futuro no parecía nada halagüeño.
Ensimismado en aquel paisaje, no se percató de lo peor de la escena. Decenas de cuerpos flotaban sin dirección alguna por el espacio. Cuerpos sin vida. Pero el momento más triste fue cuando, por las ropas, le pareció distinguir al anciano que solía acercarse a acariciar a Cass todos los días. Entonces Leon lloró.
No hay comentarios:
Publicar un comentario